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9 de Octubre de
2008 |
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| Salir en defensa de otra persona, en plena calle, puede costarte la vida. Así de simple y así de claro. El caso más reciente, el del profesor Neira, en estos momentos en coma tras una brutal paliza por defender a una mujer agredida por su pareja en plena calle, así lo atestigua. Unos días más tarde, tras el suceso, tuve la ocasión de presenciar una tertulia en la que un grupo de personas opinaban y discutían sobre la hipotética pregunta puesta encima de la mesa: ¿defenderías a una persona, te interpondrías en una disputa callejera en la que una de las partes está siendo brutalmente agredida? Entre las distintas y juiciosas respuestas a favor y en contra, todas razonadas convenientemente, hubo una que me llamó la atención: “si decides intervenir y además tienes que utilizar la fuerza física en última instancia, tienes que procurar no sólo que tú no salgas malparado o malherido sino que, además, el agresor no te denuncie y acabar en comisaría tratando de explicar y convencer, entre rejas, que tú no eras parte de la agresión sino solamente un buen samaritano que trataba de ayudar a una persona en situación de emergencia”. Me parece bien que la ley dé garantías para que la justicia también llegue a los que delinquen y no haya abusos de poder, pero…¿tan ciegos e insensatos nos hemos vuelto para que en teoría y en práctica dudemos seriamente o nos neguemos abiertamente a socorrer a una persona que está siendo agredida, no por miedo al agresor sino por las posibles consecuencias de la acción de la “justicia”? ¿Qué sociedad estamos construyendo o permitiendo que otros construyan en la que el que delinque parece tener todos los derechos de la impunidad mientras que quien juega limpio e intenta ayudar se lo piense dos veces porque tiene miedo de que la justicia se ensañe con él/ella? Da la sensación de que lo único que estamos creando (porque a algunos poderes fácticos parece interesarles y así poder manipular mejor) es una sociedad en la que cada uno va a lo suyo, no quiere problemas y se desentiende de todo lo que acontece a su alrededor, contribuyendo así a la desertización social y a la muerte de la persona, convertida en individuo, es decir, solitario, al margen, cada vez más, de lo que sucede en su entorno, al margen de lo que les ocurre a los otros con quienes debe convivir, formar comunidad, precisamente para ser persona. |
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