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5 de Noviembre de
2008 |
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| “Siempre somos los mismos”, oímos con frecuencia, en los más diversos ámbitos. Es la sensación, un tanto resignada, de quienes están envueltos en las más diversas tareas o responsabilidades por “amor al arte”, movidos por la ilusión, el altruismo, o porque no hay más remedio, porque no hay nadie que lo haga. Con entusiasmo a veces, con resignación otras, derrochan esfuerzos, donde el tiempo es un elemento que no cuenta, con la esperanza de que otros acaben compartiendo el proyecto sumando esfuerzos o, simplemente, con la convicción de que hay que hacerlo y hacerlo bien, sin tiempo para esperar el calor de otras manos que tiran de la cuerda en la misma dirección. Sin embargo, después de muchos sudores, tiempo y dedicación, al echar la vista atrás, constatan que son más bien pocos, que su entrega apenas es reconocida y que son “los mismos de siempre”. ¿Indiferencia, pasotismo, individualismo, falta de compromiso,…? Cualquiera que sea el motivo o motivos, parece ser verdad que siempre son los mismos los que dan el callo en el trabajo, los que aportan ideas en una reunión, los que sacan adelante un trabajo en equipo cargando sobre sus espaldas todo el peso del mismo, quienes colaboran en tareas no estrictamente obligatorias, quienes emprenden un proyecto extraescolar o extralaboral, quienes dan la cara ante los problemas, quienes están donde a otros nunca se les ve y sería reconfortante verles, quienes, en fin , se dejan la piel por motivos que van desde la convicción personal o el “alguien tiene que hacerlo” hasta “me encanta esto y ojalá hubiera muchas más personas participando del proyecto”. Volviendo la vista atrás no es difícil constatar que, por un lado, el altruismo, la gratuidad, eran monedas bastante más en circulación que en la actualidad. Hoy, parece ser que todo tiene un precio, desde una intervención en clase (tendrás un punto más…) hasta media hora extra porque “a mí no me pagan por quedarme más tiempo del que marca mi convenio”. Es probable que de esta forma, las líneas, entonces un tanto difusas, entre lo obligatorio y lo voluntario estén ahora más definidas; todos sabemos lo que tenemos que hacer y a partir de ahí cada uno hace lo que le parece más oportuno con su tiempo. Pero no es menos cierto que, de paso, hemos perdido algo tan sutil y difícil de medir, (pero fácil de intuir), como el sentido de pertenencia ,según el cual siento como mío, no sólo aquello que hago porque es mi trabajo y tarea específica u obligación, sino todo lo que otros hacen, obligatorio y voluntario (a veces lo último adquiere la categoría de imprescindible para que lo obligatorio sea posible) y que forma parte, indisolublemente, de un todo puesto en perspectiva, como las piezas de un poliedro, porque ayuda, ¡y de qué forma! (aunque, tal vez, no nos percatemos) a que nuestra labor diaria sea más llevadera, gratificante y tenga un sentido pleno. Por otro lado, decimos tener tantas cosas que hacer y la oferta de actividades es tan amplia que , si bien esto es una riqueza en sí mismo, atomiza de tal forma la participación, la implicación y la permanencia (cuando se dan) que aquéllas se convierten, con frecuencia, en minoritarias y ésta, en efímera. De esta forma, proponer y mantener proyectos se convierte en una lucha contra los elementos. Todo parece estar en contra: el concepto de gratuidad ya no vende como antes; hay tantas ofertas a nuestro alrededor, tirando de nosotros, que nos invitan a picotear - ahora aquí, luego allá - y vamos saltando como las abejas de flor en flor incapaces, muchas veces, de mantener la palabra dada cuando exige un esfuerzo. Esto no educa la voluntad y hace que los más jóvenes sean también más vulnerables al compromiso, más superficiales y, por tanto, más fácilmente manipulables. No sé si estos signos de los tiempos son reversibles. Los adultos, en público, disfrazamos hábilmente nuestro egoísmo, nuestra falta de implicación y nuestra incoherencia, pero sabemos que no podemos zafarnos de nosotros mismos cuando toca mirarse en el espejo interior. Pronto o tarde tenemos que enfrentarnos a nuestros demonios, a nuestras incoherencias. Dura e ineludible labor que nadie puede hacer por nosotros. Es parte de nuestro particular “convenio” y entra en nuestra “nómina”. Irse a dormir con el cuerpo cansado y la conciencia en paz es una combinación de blanco y negro muy agradable, por equilibrada. En cuanto a los jóvenes, tal vez, les hemos llenado la cabeza de muchos conocimientos y hemos dejado su corazón a la intemperie, a merced de cualquier viento. No es de extrañar que cuando buscamos sus entrañas no respondan. Urge ayudarles a recuperar su alma, aquélla que, además de dar sentido a sus matemáticas, física, lengua o inglés, impregne de generosidad, gratuidad, altruismo, empuje, impaciencia, implicación, bondad, compromiso, el resto de su día, de su semana, de su fin de semana, de su curso escolar. |
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