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10 de Febrero de
2009 |
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A veces me imagino entrando en una clase con la pregunta: “define en dos líneas tu comunidad educativa” y veo, acto seguido, las caras, muecas y respuestas como “y eso, ¿qué es?; esto,¿en qué lección sale? ¿vale para nota?...” Por supuesto todas estas respuestas son previsibles. Menos previsibles serían, tal vez, si hiciéramos la misma pregunta a los adultos de nuestra comunidad educativa… Yo me la he hecho y – no sé si para quedar bien, ¡ah, la imagen! – diría que, en términos asépticos, es una buena comunidad, educada, trabajadora, correcta, pero…al mismo tiempo añadiría que, con frecuencia, es una entelequia, algo vaporoso que no existe más que en la mente de sus interlocutores en determinados momentos y según para qué. Es verdad que todos tenemos cientos de ocupaciones , el trabajo, la familia, los amigos, problemas que solucionar ,… y el día sólo tiene 24 horas. Y en cuanto al fin de semana,… es sagrado. Ni se cuestiona ni se toca. También es verdad que cumplimos con hacienda, conducimos responsablemente, estamos sensibilizados con el cuidado del medio ambiente, no malgastamos la energía, ni el agua y nos consideramos ciudadanos honrados y respetables. Sin embargo, no es menos cierto que en otros muchos momentos de la vida cotidiana, la comunidad educativa (por cierto, ¿tú cómo la has definido?) brilla por su ausencia, desaparece entre las nieblas del Ebro, o se retira a las laderas del Moncayo. Hace unos días (por poner un ejemplo) acompañábamos en una misa funeral a la familia de una mamá del colegio, recientemente fallecida, así como a un compañero cuyo padre murió no hace mucho. Es cierto que el salón de actos estaba prácticamente lleno, pero ¿podríamos decir que allí estaba la comunidad educativa? Sólo una ínfima parte. Hay momentos en los que educadores, alumnos/as, padres y madres tenemos, debemos estar, arropar, para mitigar y hacer más llevadero el inmenso dolor, el intenso sufrimiento y hasta la rabia que provocan golpes tan duros, incomprensibles y difíciles de aceptar. En otros momentos es acompañar para celebrar, disfrutar (Rosario de cristal, por poner otro ejemplo)…Y entiendo que no hay excusas si queremos que esa entelequia llamada comunidad educativa se encarne, cobre vida. No podemos encerrarnos en nuestro pequeño mundo, en nuestra particular islita, cómodamente instalados, y luego mover la cabeza en señal de desaprobación cuando experimentamos tanto egoísmo y tanta indiferencia a nuestro alrededor, o, peor aún, echarnos las manos a la cabeza, escandalizados, cuando ocurren cosas que jamás hubiéramos pensado que podrían ocurrir. A lo mejor es que estamos abdicando de la esencia, del significado profundo, de las implicaciones de eso que llamamos comunidad educativa, con mayúsculas ( porque educar lleva consigo implicarse, mojarse, dar la cara, acompañar, dar del propio tiempo sin controlar el reloj, formar y formarse,…) y preferimos encogernos de hombros, mirar para otro lado, “eso no me corresponde”, “eso es cosa del colegio”,…y vamos vaciando de contenido, de esencia, el término. Tal vez, sin darnos cuenta , nos estamos convirtiendo en las víctimas de quienes pretenden dividir, separar, atomizar nuestra opinión, nuestra vida y nuestro trabajo haciéndonos más vulnerables, más manipulables, anulando progresivamente nuestra capacidad de reacción y de crítica constructiva y colectiva, reduciendo las posibilidades de crear auténticas comunidades educativas que respiran, viven, comparten un proyecto, se educan. Y si esto es así, de comunidad tendría poco y de educativa, menos. |
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