Érase una vez,
una clase de niños con muy poco inteligencia. La clase estaba formada
por 22 alumnos.Los profesores que entraban en ella estaban desesperados,
ya que ésta llevaba un nivel inferior a la de todas las demás.
Un profesor, concretamente el de lengua, como no podía dar la clase
normal, se ponía a observar el entorno.
Un día se dio cuenta de que en la clase, en el aire, estaba flotando
una neurona, la neurona 23, que no pertenecía a ningún alumno
ya que cada uno tenía la suya. El profesor confirmó lo dicho
haciéndole una prueba a cada alumno.
Para saber a quién podía conceder la neurona, el profesor
decidió organizar un concurso en el cual cada chico realizaría
una prueba escrita y una vez corregida, le daría la neurona al
alumno más apropiado. Los chicos estaban muy ilusionados y decidieron
prepararse muy bien el examen.
Llegado el día de la prueba los alumnos estaban muy nerviosos.
Una vez acabada, la mayoría de ellos estaban muy contentos de lo
bien que les había salido; todos menos uno, al que le había
salido muy mal.
Pasados unos días, el profesor repartió los exámenes,
muy sorprendido de los buenos resultados. Alberto, el alumno al que le
había salido mal, estaba muy triste ya que no había podido
aprovechar la oportunidad que había tenido para no defraudar a
sus padres por sus pésimos resultados, pero, de repente, el profesor
se acercó a él y le contó lo que había estado
pensando. Alberto se puso muy contento ya que el maestro había
decidido darle a él la neurona lista.
La explicación a dicha decisión fue que todos los demás
niños, si querían, podían obtener buenos resultados,
pero Alberto, por más que lo intensase, no podía.
Está neurona, la número 23 de la clase, se instaló
perfectamente en la cabeza de Alberto. Así, nunca más, la
neurona 23 volverá a estar suelta por la clase como era en un pasado
no muy lejano.
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