En un secadero de Teruel
el dueño pensó que no podría igualar la gran publicidad
que tenía la competencia. Por lo que decidió que lo mejor
era hacer algo nuevo, algo impactante que sólo pudiera hacer él.
Estaba todo el día pensando qué podría hacer, si
vender los jamones con un cuchillo..., pero no, ya estaba muy visto, si
meterlos en un coche pequeño..., pero no, no cabrían...
Un doce de octubre, hubo un desfile militar en Madrid, y él lo
vio por televisión. Los legionarios desfilaban con la cabra, los
soldados en coches, tanques y a pie. Presidiendo el desfile estaba el
General, vestido de gala con llamativas chorreras.
En ese instante, tuvo una brillante idea: pondría a los jamones
chorreras. Pensó en el diseño de éstas: una con forma
de cerdo, otra de chorizo, otra con el logotipo de su empresa, así
todos llegarían a conocerle,....
Entonces se marchó rápidamente a un almacén. Encargó
al tendero que le atendió mil chorreras con los diseños
que había estado pensando. Le dijeron que en quince días
tendría preparado su encargo.
Transcurridos los días, fue a recoger sus chorreras. Las llevó
al secadero y las colocó en sus jamones, listos para la venta.
La idea tuvo una gran aceptación. Las tiendas vendían sus
jamones. Los clientes pedían "un jamón con chorreras".
La prensa recogía como gran noticia el éxito de la idea.
En una semana había vendido todas sus existencias, salvo un jamón
que guardó como recuerdo de su gran idea.
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