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30 de septiembre de 2009 |
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Como llevaba mucho tiempo en exposición y no se vendía, su dueño decidió, junto con otros materiales, traspasarlo a otra tienda. Eran ya tres años los que habían pasado sin que a nadie le interesara. Para el lápiz fue duro su traslado, no sólo porque ya no podía contemplar a la gente que todos los días veía desde el escaparate, sino porque tuvo que dejar a muchos amigos, pero pensó que podría hacerse otros amigos en su nuevo hogar, aunque no ocurrió así. El intentaba comunicarse con sus nuevos compañeros, pero resultaba inútil y nadie le contestaba, aunque el pobre lápiz lo intentase una y otra vez. La suerte cambió para el lápiz al comenzar el nuevo curso. Estaba cerca de un colegio y un niño lo compró. Se llamaba Raúl, tenía 12 años y comenzaba a estudiar en un instituto. La sorpresa fue enorme para Raúl cuando en clase de lengua el lápiz comenzó a escribir por sí solo, sin que nadie lo sujetase. El niño empezó a leer “Por favor Raúl no me uses tanto, llevo mucho tiempo sin escribir y me canso mucho; no estoy acostumbrado a escribir cosas tan raras como las que escribes en esa clase a la que llamas “matemáticas”. Te agradecería que me hicieras feliz llevándome a ver a mis antiguos amigos”. Raúl estaba tan asustado que regaló su lápiz a su amigo Manuel. Fue una suerte para el lápiz porque el padre de Manuel era coleccionista de objetos antiguos y al llegar a casa pudo ver a la mayoría de sus viejos amigos que ahora vivían en casa de Manuel. El reencuentro fue estupendo y montaron todos juntos una fiesta para celebrar que ahora siempre estarían viviendo en el mismo hogar. |
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