16 de octubre de 2009
La mariposa sin alas

Carlos Anadón (2º ESO)

 

 

Un día soleado, en un gran bosque, justo en el árbol más alto, había un montón de capullos colgados de las ramas. De repente un rayo de luz entre las hojas del árbol iluminó los capullos, a todos menos a uno. Era un capullo color verde pistacho. Poco después los capullos se abrieron y salieron unas mariposas con unas alas enormes y coloridas que echaron a volar. No todos se abrieron. El capullo color pistacho seguía cerrado.
Pasaban los días y el capullo seguía sin abrirse. Pero un día, de repente, un viento muy fuerte soltó al capullo de la rama y cayó en picado y del golpe se abrió. De él salió un insecto que parecía un gusano, pero en realidad era como el cuerpo de una mariposa con antenas y una trompita fina y alargada, era Gus, la mariposa sin alas.
Gus se sentía raro. Recorría el bosque, sin destino alguno. Tras horas de arrastrarse llegó a un lugar precioso. Era como un sueño, era un paraíso. El agua cristalina caía por una cascada y al caer hacía un ruido que tranquilizaba. Estaba lleno de insectos iguales que él pero con alas: eran mariposas. Decidió quedarse allí un tiempo.
Un día, entre los arbustos, Gus vio a un insecto más raro que él. Era enorme e iba sobre sus dos patas traseras. En las patas de arriba tenía cinco dedos y en ellas llevaba una red. Todas las mariposas huían y gritaban: “¡Un humano!”. “¿Por qué le tenéis miedo?” preguntaba a todas pero no respondía nadie. Al momento el humano salió de entre los arbustos y empezó a cazar mariposas con la red y decía continuamente: “No podréis escapar”. Gus intentó escapar pero se topó con lo que más temía: un pájaro. Empezó a arrastrarse lo más rápidamente posible para huir del pájaro, pero no le sirvió de nada… El pájaro lo atrapó. Pero algo ocurrió. Mientras el pájaro lo llevaba a su nido para alimentar a sus polluelos, justo cuando estaban llegando, un montón de ardillas empezaron a tirar bellotas al pájaro ya que tenía el nido en su árbol y para escapar soltó a Gus. Gus caía a toda velocidad y justo antes de estamparse… Unas alas enormes le salieron, alucinado empezó a batirlas y a volar. Una vez por encima del bosque gritó: “¡Soy como las demás!” y echó a volar con sus compañeras de fatigas, las mariposas.

 

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