| Como en
casi todas las fiestas del Pilar me gusta ir con mi familia al circo.
Me gusta mucho el ambiente que se vive desde que te sientas en tu localidad
y estás esperando a que comience el espectáculo hasta que
el público se levanta aplaudiendo a todos los participantes en
el circo. Además, siempre te encuentras personas de muy diferentes
edades, desde abuelos que acompañan a sus nietos hasta jóvenes
con sus cuadrillas y a todos se les pone la misma cara de asombro y alegría.
Nos tocó en la segunda fila justo enfrente de la salida a pista
y por suerte delante de nosotros teníamos a unos niños pequeños
de baja estatura. Parecía que estábamos en primera fila.
Nada más empezar salió a pista un gran elefante muy bien
adornado para que los que quisieran se montasen y se fotografiasen subidos
en él.
De pronto se apagaron las luces de toda la carpa y tan sólo un
gran foco alumbraba el centro de la pista… ¡comenzaba el espectáculo!
Presentados por el jefe de pista iban saliendo acróbatas, trapecistas,
domadores de fieras, payasos, caballistas y un sin fin de personajes que
hacían de la pista un inmenso escenario donde no sabía bien
a quién mirar porque todo me gustaba mucho: sus trajes con lentejuelas,
muy coloridos, donde predominaba el rojo y el blanco, los grandes saltos
y volteretas de los acróbatas, los rugidos de los leones que asustaban
al público, los graciosos payasos con sus grandes zapatos rojos
y sus caras pintadas que hacían reír al público con
sus bromas y caídas, las canciones pegadizas que hacían
cantar al público…
Cuando me quise dar cuenta ya todos los participantes estaban en la pista
cantando para despedirse.
Como recuerdo, a la salida, me compré un elefante muy gracioso
que al final se lo tuve que dar a mi primo pequeño que se encapricho
de él. Otro año compraré dos…
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