20 de Noviembre de 2009
SUEÑOS

Gonzalo Azanza (4º ESO)

Nunca llegue a percatarme de lo importante que era saber decirse basta. Pero aun así constantemente unía los hilos que llegaban a formar grandes ovillos de lana sin fin alguno.

Esta es la historia de un alma perdida en un mundo inhóspito e incomprendido donde el alba sólo surgía seis veces al día y el anochecer diluía el delgado paso del tiempo derrochado, dejando lugar a la efímera gota de luz que entraba por su espíritu. No necesitaba nuevas emociones porque él lo tenía todo. Tenía auténtica pasión por su música, su guitarra, su afán por perseguir aquel rostro de la fama, el gozo de llenarse por dentro. Tenía arte, mucha imaginación y sobre todo esa chispa que nos enciende a todos.

Nadie podía imaginar que aquel tímido ser rebosante de tierra y que completaba el cielo pudiera conllevar tan trágica existencia. No tenía amigos pues era incapaz de relación alguna; tampoco tenía mascotas, pues le exasperaba el contemplar la vida despreocupada que veía en sus ojos. Se preguntaba cómo tenían tanta suerte, cómo tenían un destino marcado desde el principio sin sospechar de su existencia. Todas esas preguntas iban y venían constantemente por su cabeza y agitaban su frágil mundo. Y es que aquel chico sólo tenía tiempo para él, porque su percepción del
del mundo le obligaba a descubrir de donde provenía. Además, sólo existía él y su música. De hecho, no necesitaba más. Era su mundo. Nadie le molestaba. Él únicamente golpeaba felizmente las cuerdas de su solitaria, pero, a la vez, enorme guitarra sin tesón y ritmo alguno. La música que arrancaba de sus cuerdas apenas tenía una pizca de ritmo o lógica. Sólo era él y su vida. Nadie lo conocía, tampoco nadie lo extrañaba, era el ser más solitario del mundo. La gente se pregunta quién es, de dónde proviene, cómo existe y qué necesita para vivir, su fuente de energía…

Tal vez sea el niño que todos llevamos dentro, el niño que juega en nuestro interior. No tiene complejos, porque es libre, tal vez mi ocaso y mi futuro. El tuyo es otra historia totalmente distinta. Otro sin vivir de aventuras y fantasías probablemente inalcanzables. Es lo que tienen los niños… Esa es la autentica infancia, mil sueños por cumplir, la que alberga todos los sueños. Por eso, amigo mío, deja que tu niño salga de tus adentros y que al menos en seis amaneceres y diez atardeceres se pare a pensar si su historia merece contarla. Al menos sabrá que le alimentaste y amaste. Es lo que nos hace humanos, intentar que todos esos sueños tengan la posibilidad de cumplirse antes de que esa última chispa se apague. Y es que por muy parecidos que seamos cada uno de nosotros somos únicos, irrepetibles, un milagro sólo al alcance de las buenas retinas. ¿Te sientes orgulloso de tu niño?

 

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