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25 de noviembre de 2009 |
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He oído que en las lejanas tierras de Europa, prácticamente todos los niños están escolarizados y disfrutan de una vida digna. Parece ser que, antes de nacer, tu destino ya está escrito y no puedes escoger ni el país ni la familia en la que te tocará vivir el resto de tu existencia. Fui desafortunada. Comparto una vivienda con mis ocho hermanos, mi madre y mis abuelos. La enseñanza secundaria es gratuita en nuestra ciudad, pero mamá dice que tengo que trabajar si no quiero que mis hermanos se mueran de hambre. Por lo tanto, busqué un puesto en el mercado y me dedico a coser manteles y ponchos. Apenas recaudo unas monedas al final de la jornada, y con ellas compro pan, maíz y otros alimentos básicos. Un día, un chico europeo se interesó por mis manteles. Le pregunté si era turista y negó con la cabeza. Era voluntario en un colegio peruano y se dedicaba a hacer llegar ayudas económicas desde España hasta aquí. Me preguntó si asistía a clases en alguna escuela y, al ver mi rostro, comprendió mi situación. Me cogió de la mano y salimos del mercado. Explicó que nos encaminábamos al Colegio Corazonistas. Allí, unos hermanos salieron a recibirme. El voluntario les comentó mi situación y prometieron que me ayudarían y conseguirían que estudiase en la escuela. Han pasado ya tres años de esto, y ahora estoy cursando Bachillerato en el instituto. Sin embargo, una cosa no ha cambiado en mi vida. Sigo haciendo manteles y ponchos, que posteriormente los Hermanos Corazonistas envían a España, para recaudar todo el dinero posible y poder ayudar a otros niños que están sufriendo lo que yo sufrí hace tres años.
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