25 de junio de 2010
LOS NIÑOS DE LA INDEPENDENCIA

2º A ESO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I
EL MENSAJERO

Un joven de unos 13 años se encontraba en ´´La Alfranca`` para dar al general Palafox las últimas noticias sobre el estado de Zaragoza. De momento, el pueblo zaragozano todavía no había comenzado la revuelta contra los invasores franceses, pero ya se encontraba en las bocas de los ciudadanos el suceso ocurrido el 2 de mayo en Madrid. Los gritos de ´´¡Independencia!`` sonaban por las calles de las ciudades españolas con el ánimo de hacer estallar la guerra.
Nuestro mensajero era enviado de parte del coronel Francisco de Faria, conde de Castuera. Tenía una expresión audaz, cosa que encantaba a las jóvenes zaragozanas, que tarde o temprano acababan enamorándose de él. Vestía un traje polvoriento y su aspecto dejaba entrever parte de su carácter. Era un joven terco, pero tenía valor y mucho orgullo. Sin duda orgullo no era lo que le faltaba. A pesar de su temprana edad tenía muy claro que no iba a quedarse sentado mientras toda la población luchaba a favor de la libertad de la patria y por su rey Fernando VII, quién había entregado la corona española a las manos de Napoleón. Los aragoneses necesitaban una autoridad, puesto que las fuerzas militares habían tomado el lado francés, traicionando así a España. La autoridad escogida en Aragón fue Palafox, y todos aguardaban el momento en que regresara a Zaragoza para tomar el mando.
Así pues, el joven aguardaba a que el general le recibiese para contarle los sucesos allí ocurridos.
–– Buenos días, mi General–– saludó con respeto el joven.
–– Buenos días, ¿qué nuevas nos traes de Zaragoza?
––Señor, me han indicado que le diga que el pueblo va a concentrarse mañana, armado y con intención de iniciar una revuelta contra los gabachos. De todas formas, el coronel Faria vendrá esta noche para aclarar los detalles con usted.
–– Gracias, joven. ¿Cuál es su nombre?
––Me llamo Javier Ruíz García, señor.
–– ¿Piensas luchar, Javier?
––Sí, señor. Mis padres me lo prohíben, pero pienso luchar por la patria hasta morir o dar muerte, y soy muy cabezota señor.
––Hace mal, caballero. Seguramente consiga hacer su voluntad pero, aún así, no le vendría mal escuchar este consejo: no hay nada peor que puedan ver tus ojos que una guerra.
––Señor, mis ojos verán aunque yo no participe.
––Eres valiente, chico. Creo que en un futuro llegarás a ser alguien grande, así que ten cuidado y no te hagas matar inútilmente. En una guerra hay que ser inteligente además de valeroso.
––Gracias. Lo tendré en cuenta, señor.
––Buen viaje entonces. Espero volver a oír tu nombre.
––¡Adiós! ––gritó Javier con alegría.
Durante el viaje pensaba en lo que les diría a sus amigos sobre el general y su conversación con él: todos se iban a morir de envidia cuando les contara que el gran Palafox tenía ciertas expectativas con respecto a él. Desde luego había tenido una buena idea al presentarse como mensajero. O al menos eso pensaba…
Paula Bas


II

NOTICIAS FRESCAS

Caía la tarde del 24 de mayo de 1808. Yo observaba cómo los franceses asediaban cruelmente a los zaragozanos, tras empezar la guerra de la Independencia. Esto me llenaba de ira y me entraban ganas de luchar contra los franceses puesto que quería defender mi patria. Tras las derrotas que sufrimos en Tudela, Mallén y Alagón llegamos a la explícita conclusión de que los gabachos nos estaban llevando al fin. Esto se está convirtiendo en un infierno-, pensé.
El 15 de Junio, después de ser testigo de las torturas a las que los gabachos nos estaban sometiendo, me puse en camino para visitar de nuevo a Palafox. Me encontré con mis amigos. Ellos me acompañaron. Cuando llegamos nos encontramos a un hombre mayor, mal vestido y de aspecto poco agradable, -consejero del magistrado, pensé- ya que llevaba una capa negra. Nos señaló con el dedo y soltó con malas pulgas:

- Eh, niñatos, este no es un lugar común para que unos mocosos vengan a visitarlo, así que largaos de aquí.
- Disculpe señor, venimos a darle noticias de la situación de nuestra ciudad a Palafox. Es urgente y, además, él nos deja venir a verle.

Una vez dentro y ya reunidos con él me dispuse a comentarle lo ocurrido.
- Hola, Palafox. Vengo a comunicarte que los gabachos nos están asediando.
- Hola Javier. Ya sé, mis soldados ya me lo han hecho saber, pero de todos modos, gracias. Me alegra saber que te sigue preocupando el asunto. Lo llevamos demasiado mal, pero el espíritu de los zaragozanos nunca cesará.
- Bueno, pese a que tus soldados te harán saber todos los sucesos que ocurran me gustaría comunicártelos personalmente siempre que pueda.
- Muchas gracias, Javier. Siempre serás bienvenido.
- Bien, pues así será.Te quiero presentar a mis amigos, Roberto y Daniel.
- Encantado, chicos.
- Palafox, nos tenemos que ir. Volveremos pronto, adiós.

De vuelta a mi casa iba pensando en las revueltas que iban a sucederse en los próximos días, y si íbamos a conseguir vencer a los gabachos. Me imaginaba un final trágico para los franceses porque íbamos a luchar contra ellos y eso me reconfortaba.
Ana Vidal y Belén Azanza

III
EL CAÑÓN

Me fui andando despacio hacia mi casa junto con mis amigos Daniel y Roberto, triste por no poder ayudar lo suficiente a los guerreros aragoneses. Al pasar junto a la Torre Nueva, vi un grupo de personas que parecían organizar un acto de defensa contra los franceses. Hablaban de la invasión que iban a sufrir ese mismo día en la zona de El Portillo. En medio de todos se encontraba una mujer, muy bien vestida, que parecía ofrecer su casa a los demás para comer y prepararse para la batalla.
Me acerqué a ella y le oí decir a alguien que parecía ser su novio o su marido:

-¡Pedro! Sube con ellos para que coman algo. Yo trataré de llevar a los caballos hasta El Portillo. Allí estarán concentrados los demás y los necesitarán.

De pronto escuché que la señora se dirigía a mí:

-¡Chico! Ayúdame a llevar estos caballos. Si sabes montar, súbete al blanco. Los demás le seguirán. Ven con él detrás del mío.

Recorrimos así unas calles, mientras ella me decía que era la Condesa de Bureta y que su pareja con quien hablaba era un tal Pedro María Ric. Bajamos de los caballos y, mientras ella los entregaba a los que sabían montar, me quedé perplejo al ver que una mujer se dirigía a las demás:

-¡Dejad a vuestros maridos y echadme una mano para mover este cañón!

Era Agustina de Aragón. Asombrado por oír ese grito de una mujer, no dudé en acercarme a ella. Pensé: Si las mujeres pueden hacerlo, yo también puedo luchar como ellas.

Le dije amablemente:
-¿En qué puedo ayudarle? Soy Javier Ruiz García, señora, y estoy dispuesto a luchar en la guerra al igual que usted.
-Verás Javier -me contestó- puede que las mujeres seamos más débiles que los hombres, pero estamos dispuestas a lo que sea para luchar por nuestra patria. Tú aún eres muy joven para poder luchar en la guerra. Tienes toda la vida por delante. Ya verás cómo dentro de unos cuantos años llegarás a ser un gran caballero. Por lo menos ahora eres bastante valiente. Pero si quieres ayudarme, limpia este viejo cañón, es muy estrecho y mis brazos no creo que estén hechos para eso.

Así lo hice. Poco después, cuando volvía hacia mi casa, oí el estruendo de un gran disparo. Era el cañón que había limpiado y fue suficiente para que los franceses se retiraran aterrorizados. Volví de nuevo a El Portillo, pues no quería perderme la batalla aunque no pudiera participar directamente. Pero la batalla había acabado con ese simple disparo de cañón. De repente vi de nuevo a Agustina, se me acercó y me dijo amablemente:
-¡Ven conmigo a celebrarlo!

Mucha gente se agolpó junto a nuestra puerta. Tenían ya mujeres héroes, pero les faltaba un varón que también lo hubiera sido, aunque sólo fuera por haber limpiado bien un cañón. Ése fui yo. La dirección que Agustina le dio no hubiera sido igual con un cañón sucio que puede desviar cualquier proyectil.
Desgraciadamente no se había acabado la guerra, pero esa primera guerra contra los franceses fue suficiente para mi satisfacción.
Clara Gastón y Ángela Olloqui


IV

LA RESISTENCIA

Mientras tanto, el general Palafox se había encaminado ya hacia Zaragoza junto a su ejército no menos numeroso que el de los franceses..La resistencia de la ciudad era dura y gracias al cañonazo de Agustina los zaragozanos se habían llenado de fuerza e ímpetu y resistían la penetración de los franceses por la brecha de la muralla. No todos tenían armas de fuego, pero todos los que se lanzaron a la guerra no lo hicieron con las manos vacías ni mucho menos; lo hicieron con lo que más a mano tenían: los hombres con las palas y rastrillos que utilizaban en el campo, los herreros con sus martillos, las mujeres con las sartenes y cuchillos de cocina. Todo un ejército de aragoneses empuñando las “armas” que tenían a mano, y dispuestos a defender su ciudad a sabiendas de que muchos de ellos se acercaban a una muerte segura y otros, unos pocos, tal vez a una victoria inolvidable.

Javier, que se había quedado al margen de la batalla, oyó gritos y disparos: ¡ A POR LOS FRANCESES! Entonces bajó corriendo hacia el muro, pero recordó las palabras de su nueva amiga Agustina ‘no te acerques más a esta masacre, tienes mucha vida por delante’ y decidió volver a casa corriendo para avisar a su familia de lo que se avecinaba. Cogieron sus cosas y rápidamente se marcharon. Mientras lo hacían Javier se dio cuenta de que se olvidaba un recuerdo de su infancia: un libro que le había regalado su abuelo. Decidió, entonces, subir a cogerlo. Mientras tanto los franceses, para llegar a su objetivo, iban bombardeando casas intentando alcanzar el centro de la ciudad. Su madre, impaciente y nerviosa, le grita:
-¡Javier, baja ya o acabaremos bajo los escombros!.

Javier fue a buscar a sus amigos, y con las armas como tijeras, cuchillos y hoces que tenían en sus casas se disponían a ir a las barricadas con valor y coraje suficiente para defender a sus familias y sus tierras. Por el camino, Amado Sánchez, el mejor amigo de Javier, se acerca a Silvestre Ramírez y le susurra al oído. Silvestre, confuso, le responde:

-Puede ser, pero cualquier ayuda civil es necesaria.

Al llegar al muro, Javier y sus amigos se encuentran con muchos soldados franceses disparando a unos pocos aragoneses cubriéndose con sacos de tierra y tablas de madera. Javier dice:

-¡Santos, corre hacia ese muro, coge el fusil de ese hombre herido y dispara a los gabachos.

Así lo hace. Mata a dos soldados franceses y gana tiempo para que venga más resistencia civil y de esta manera se gana tiempo mientras llega la artillería del general Palafox.

Enrique García


V

Javier había cambiado mucho desde su épico enfrentamiento contra los gabachos. Exteriormente era el mismo de siempre , pero si te fijabas un poco más, te dabas cuenta que el posible temor que antaño tenía, se había disipado por completo. Ya no temía a los gabachos. Además se había dado cuenta de que sus adversarios luchaban por invadir una ciudad que nada tenía que ver con su patria y que luchaban avivados por la codicia y el odio. Al contrario que los valientes zaragozanos, que luchaban por la libertad y la independencia de su amada patria.


VI

Javier estaba celebrando su victoria con unos amigos en un pequeño bar, cuando de pronto se oyó una tremebunda explosión. Javier que estaba mirando por la ventana, pudo ver cómo la casa de consistente piedra que había al otro lado de la calle estallaba parcialmente en pedazos. Pudo ver cómo las rocas se resquebrajaban en pedazos y los fragmentos salían disparados en todas las direcciones. Tras el espeso velo de rocas que se dirigía hacia la ventana, Javier contempló el rostro de un niño llorando de pura desesperación ante la potente explosión que había destrozado su hogar.

Nuestro joven protagonista se lanzó al suelo lo más rápidamente que pudo, pero sus reflejos fueron insuficientes y una pequeña esquirla le hizo un corte en su brazo derecho.
Tras estar unos minutos en el suelo intentando comprender lo sucedido Javier se incorporó, no sin esfuerzo, y miró, haciendo una mueca de dolor, su ensangrentado brazo. El corte era bastante profundo y sangraba profusamente; comprendió en el acto que tendría ese brazo incapacitado para el combate durante algunas semanas, lo que le molestó más que el corte en sí. Seguidamente fue a comprobar cual era el estado de sus compañeros, y comprobó no sin alivio, que aunque estuvieran inconscientes, sus amigos no se encontraban en un estado grave.


VII


…Habían pasado dos semanas desde aquel terrible incidente, y Javier se encontraba con el brazo herido en un total reposo. Los franceses habían dejado un pequeño margen de descanso a los zaragozanos, pero se volvía a respirar aquel aire cargado de la característica tensión que flota en el aire antes de una batalla.
Javier estaba muy preocupado y tenso a la vez, ya que sabía que pronto habría una batalla y que dada su herida no podría participar activamente en ella. El general Palafox había regresado poco después de aquel incidente, y tan pronto como se había enterado de lo que le había sucedido a Javier, había ido a visitarle. El propio Palafox en persona le había informado a Javier de la situación y le prohibió entrar en combate. Tras mucho insistir Javier consiguió un puesto de centinela en el cruce de la Calle del Coso y la Plaza del Mercado. A estos lugares no habían llegado todavía los franceses, y en caso de que llegasen había varios francotiradores apostados en algunos tejados, además del grupo de vigilia.
El grupo de vigilia lo formaban un total de cinco personas. Todos eran hombres a excepción de una mujer. Esta se llamaba Pilar, era de aspecto robusto pero su cara lucía una expresión maternal. Había también dos sevillanos. Uno se llamaba Miguel y el otro Josemari; éstos dos decían ser hermanos y se habían ofrecido voluntarios en el ejército de Palafox. Además también había un oscense llamado Sergio, también voluntario de Palafox, bajito y rechoncho pero se podía ver en sus ojos la fiereza de un tigre. Y finalmente estaba nuestro protagonista, Javier.

Estaban resguardados del ventoso cierzo en un pequeño bar, abandonado hacía tiempo, cuando escucharon un grito . No supieron de dónde venía el grito ni cual era el motivo de que esa persona gritase, tampoco sabían si ese grito era de un amigo o de un enemigo, así que se prepararon para lo peor. Y no se equivocaban, puesto que unos segundos más tarde apareció un reducido grupo de avanzadilla gabacho que pronto fue abatido por los certeros disparos de este pequeño pero letal grupo de guardia. Al finalizar el combate todos se preguntaron: ¿Qué es lo que ha pasado con los francotiradores? Más tarde descubrirían que habían sido asesinados por la avanzadilla.
Pasaron sin el menor incidente las horas, escuchando los gritos de victoria de sus compañeros del frente, resistiendo a la tentación de ir a celebrarlo junto a ellos. Y es que los verdaderos héroes son aquellos que resisten a la llamada de la victoria y se mantiene firmes en su puesto.

Juan Santacruz

VIII

Había pasado casi un mes después de la última batalla. Javier estaba paseando por la ciudad muerta, en la zona del Portillo. Pensaba y reflexionaba sobre lo que había sucedido. Pensaba que la guerra no era algo que tendrían que considerar normal, sino una horrible tragedia en la que se luchaba por conseguir más tierras y riquezas, es decir, poder. El dominio con mayor extensión de fronteras parecía prevalecer sobre las vidas humanas. Pero los gabachos, no era así como pensaban, y eso tenía que cambiar.
Los zaragozanos habían luchado por su libertad y por el orgullo de defender a su patria. No estaban dispuestos a cederla en favor de otro país que deseaba extender su imperialismo por encima de ellos. No entendían demasiado sobre fronteras, pero sí sobre la tierra que habían conocido y disfrutado durante muchísimas generaciones. Ésa donde sus antepasados habían nacido y trabajado. Donde habían mantenido una paz que ahora se estaba resquebrajando. Mientras reflexionaba sobre esto, Javier, sin darse cuenta, ya había recorrido el paseo María Agustín y se dirigía hacia su casa.
Pasaba por casas que sin duda habían sido bombardeadas por franceses, por personas bajo escombros, la mayor parte fallecidas y otras quizás todavía con alguna posibilidad de vida, sin saber siquiera si habían sido enemigos o zaragozanos. Esto le hacía pensar cada vez más que los franceses sólo luchaban por odio y codicia. La codicia por ampliar sus dominios, que es precisamente la que mayores odios crea en las personas y las hace más violentas.

Las gentes que se cruzaban con él parecían despavoridas, llorosas y con el rostro desencajado. Algunas se agolpaban sobre los escombros como queriendo encontrar, con vida o ya sin ella, a familiares desaparecidos. Los gritos eran aterradores. Cada lamento que oía Javier se repetía en su mente más de diez veces, hasta que se confundía con el siguiente. Y así a lo largo de toda la calle.
Por fin llegó a un lugar mucho más silencioso. Era el río Huerva. Decidió descalzarse y meter en él los pies. Ni siquiera notaba el frío, sino una paz que le hacía olvidar, al menos de momento, todo lo que había presenciado.
Dijo para sus adentros, mientras respiraba profundamente llenando a tope sus pulmones:” este río parece no alterarse con todo el horror que acabo de presenciar. Espero que no llegue a mancharse de sangre humana y que mantenga su ilusión por la paz. Que incluso llegue a contagiarla a las personas. Que contagie de razón a los que se llaman racionales.”

Clara Gastón-Ángela Olloqui


IX
Desenlace
Javier fue a avisar a sus padres de lo que había presenciado en aquella calle derruida. Cuando se acercó al escondite que mantenían en secreto, pudo presenciar los cadáveres de sus padres tendidos sobre el suelo.
Javier estalló en lágrimas. No se podía creer lo que estaba viendo. “¿Qué haré ahora?”, - pensó.
Y en un grito de cólera, maldijo a los gabachos. Seguidamente, decidió luchar en la guerra para vengar la muerte de sus padres.
Se dirigió a La Alfranca para informar a Palafox de la terrible tragedia de sus padres y anunciarle su entrada en la resistencia zaragozana. Palafox no podía evitar lo que Javier ya había decidido hacer y le entregó lo necesario para que pudiera combatir.
La guerra continuaba, Javier luchaba lo mejor que podía. No tenía intención de perdonar la vida a los gabachos, ya que ellos no habían perdonado la de sus padres. Javier hundía el estoque en los cuerpos yacentes de los gabachos tendidos en el suelo. Una ira ciega le impulsaba a hacer cosas tales. Habían muchos cuerpos de zaragozanos, aunque más de los gabachos. Éstos tenían cotidianas armas clavadas sobre sus cuerpos: tijeras, cuchillos…etc.
De pronto, los franceses comenzaban a retirarse de aquella cruda batalla situada en una de las calles convertida ahora en una ruina debido a los cañonazos dirigidos por los franceses. Javier evitaba pisar los cuerpos tumbados en el suelo. A lo lejos, pudo ver a Roberto, muerto. Las lágrimas caían por su mejilla. Se acercó a su querido amigo y rezó por él. No sospechaba que ese sería el último momento de su vida, que la había arriesgado y entregado toda por su tierra, por sus amigos, por sus seres queridos. Segundos más tarde, un francés le clavó la espada en la espalda. Javier sintió un extraño y horrible dolor y murió al instante.
La victoria llegaría meses más tarde tras mucho dolor, muerte y destrucción. Los gabachos que quedaban se marcharon derrotados tras la cruenta batalla. Todo, había acabado.
Belén Azanza/ Ana Vidal


 

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