I
EL MENSAJERO
Un joven de unos 13 años se encontraba en ´´La Alfranca``
para dar al general Palafox las últimas noticias sobre el estado
de Zaragoza. De momento, el pueblo zaragozano todavía no había
comenzado la revuelta contra los invasores franceses, pero ya se encontraba
en las bocas de los ciudadanos el suceso ocurrido el 2 de mayo en Madrid.
Los gritos de ´´¡Independencia!`` sonaban por las calles
de las ciudades españolas con el ánimo de hacer estallar
la guerra.
Nuestro mensajero era enviado de parte del coronel Francisco de Faria,
conde de Castuera. Tenía una expresión audaz, cosa que encantaba
a las jóvenes zaragozanas, que tarde o temprano acababan enamorándose
de él. Vestía un traje polvoriento y su aspecto dejaba entrever
parte de su carácter. Era un joven terco, pero tenía valor
y mucho orgullo. Sin duda orgullo no era lo que le faltaba. A pesar de
su temprana edad tenía muy claro que no iba a quedarse sentado
mientras toda la población luchaba a favor de la libertad de la
patria y por su rey Fernando VII, quién había entregado
la corona española a las manos de Napoleón. Los aragoneses
necesitaban una autoridad, puesto que las fuerzas militares habían
tomado el lado francés, traicionando así a España.
La autoridad escogida en Aragón fue Palafox, y todos aguardaban
el momento en que regresara a Zaragoza para tomar el mando.
Así pues, el joven aguardaba a que el general le recibiese para
contarle los sucesos allí ocurridos.
–– Buenos días, mi General–– saludó
con respeto el joven.
–– Buenos días, ¿qué nuevas nos traes
de Zaragoza?
––Señor, me han indicado que le diga que el pueblo
va a concentrarse mañana, armado y con intención de iniciar
una revuelta contra los gabachos. De todas formas, el coronel Faria vendrá
esta noche para aclarar los detalles con usted.
–– Gracias, joven. ¿Cuál es su nombre?
––Me llamo Javier Ruíz García, señor.
–– ¿Piensas luchar, Javier?
––Sí, señor. Mis padres me lo prohíben,
pero pienso luchar por la patria hasta morir o dar muerte, y soy muy cabezota
señor.
––Hace mal, caballero. Seguramente consiga hacer su voluntad
pero, aún así, no le vendría mal escuchar este consejo:
no hay nada peor que puedan ver tus ojos que una guerra.
––Señor, mis ojos verán aunque yo no participe.
––Eres valiente, chico. Creo que en un futuro llegarás
a ser alguien grande, así que ten cuidado y no te hagas matar inútilmente.
En una guerra hay que ser inteligente además de valeroso.
––Gracias. Lo tendré en cuenta, señor.
––Buen viaje entonces. Espero volver a oír tu nombre.
––¡Adiós! ––gritó Javier con
alegría.
Durante el viaje pensaba en lo que les diría a sus amigos sobre
el general y su conversación con él: todos se iban a morir
de envidia cuando les contara que el gran Palafox tenía ciertas
expectativas con respecto a él. Desde luego había tenido
una buena idea al presentarse como mensajero. O al menos eso pensaba…
Paula Bas
II
NOTICIAS FRESCAS
Caía la tarde del 24 de mayo de 1808. Yo observaba cómo
los franceses asediaban cruelmente a los zaragozanos, tras empezar la
guerra de la Independencia. Esto me llenaba de ira y me entraban ganas
de luchar contra los franceses puesto que quería defender mi patria.
Tras las derrotas que sufrimos en Tudela, Mallén y Alagón
llegamos a la explícita conclusión de que los gabachos nos
estaban llevando al fin. Esto se está convirtiendo en un infierno-,
pensé.
El 15 de Junio, después de ser testigo de las torturas a las que
los gabachos nos estaban sometiendo, me puse en camino para visitar de
nuevo a Palafox. Me encontré con mis amigos. Ellos me acompañaron.
Cuando llegamos nos encontramos a un hombre mayor, mal vestido y de aspecto
poco agradable, -consejero del magistrado, pensé- ya que llevaba
una capa negra. Nos señaló con el dedo y soltó con
malas pulgas:
- Eh, niñatos, este no es un lugar común para que unos
mocosos vengan a visitarlo, así que largaos de aquí.
- Disculpe señor, venimos a darle noticias de la situación
de nuestra ciudad a Palafox. Es urgente y, además, él nos
deja venir a verle.
Una vez dentro y ya reunidos con él me dispuse a comentarle lo
ocurrido.
- Hola, Palafox. Vengo a comunicarte que los gabachos nos están
asediando.
- Hola Javier. Ya sé, mis soldados ya me lo han hecho saber, pero
de todos modos, gracias. Me alegra saber que te sigue preocupando el asunto.
Lo llevamos demasiado mal, pero el espíritu de los zaragozanos
nunca cesará.
- Bueno, pese a que tus soldados te harán saber todos los sucesos
que ocurran me gustaría comunicártelos personalmente siempre
que pueda.
- Muchas gracias, Javier. Siempre serás bienvenido.
- Bien, pues así será.Te quiero presentar a mis amigos,
Roberto y Daniel.
- Encantado, chicos.
- Palafox, nos tenemos que ir. Volveremos pronto, adiós.
De vuelta a mi casa iba pensando en las revueltas que iban a sucederse
en los próximos días, y si íbamos a conseguir vencer
a los gabachos. Me imaginaba un final trágico para los franceses
porque íbamos a luchar contra ellos y eso me reconfortaba.
Ana Vidal y Belén Azanza
III
EL CAÑÓN
Me fui andando despacio hacia mi casa junto con mis amigos Daniel y Roberto,
triste por no poder ayudar lo suficiente a los guerreros aragoneses. Al
pasar junto a la Torre Nueva, vi un grupo de personas que parecían
organizar un acto de defensa contra los franceses. Hablaban de la invasión
que iban a sufrir ese mismo día en la zona de El Portillo. En medio
de todos se encontraba una mujer, muy bien vestida, que parecía
ofrecer su casa a los demás para comer y prepararse para la batalla.
Me acerqué a ella y le oí decir a alguien que parecía
ser su novio o su marido:
-¡Pedro! Sube con ellos para que coman algo. Yo trataré
de llevar a los caballos hasta El Portillo. Allí estarán
concentrados los demás y los necesitarán.
De pronto escuché que la señora se dirigía a mí:
-¡Chico! Ayúdame a llevar estos caballos. Si sabes montar,
súbete al blanco. Los demás le seguirán. Ven con
él detrás del mío.
Recorrimos así unas calles, mientras ella me decía que era
la Condesa de Bureta y que su pareja con quien hablaba era un tal Pedro
María Ric. Bajamos de los caballos y, mientras ella los entregaba
a los que sabían montar, me quedé perplejo al ver que una
mujer se dirigía a las demás:
-¡Dejad a vuestros maridos y echadme una mano para mover este cañón!
Era Agustina de Aragón. Asombrado por oír ese grito de una
mujer, no dudé en acercarme a ella. Pensé: Si las mujeres
pueden hacerlo, yo también puedo luchar como ellas.
Le dije amablemente:
-¿En qué puedo ayudarle? Soy Javier Ruiz García,
señora, y estoy dispuesto a luchar en la guerra al igual que usted.
-Verás Javier -me contestó- puede que las mujeres seamos
más débiles que los hombres, pero estamos dispuestas a lo
que sea para luchar por nuestra patria. Tú aún eres muy
joven para poder luchar en la guerra. Tienes toda la vida por delante.
Ya verás cómo dentro de unos cuantos años llegarás
a ser un gran caballero. Por lo menos ahora eres bastante valiente. Pero
si quieres ayudarme, limpia este viejo cañón, es muy estrecho
y mis brazos no creo que estén hechos para eso.
Así lo hice. Poco después, cuando volvía hacia mi
casa, oí el estruendo de un gran disparo. Era el cañón
que había limpiado y fue suficiente para que los franceses se retiraran
aterrorizados. Volví de nuevo a El Portillo, pues no quería
perderme la batalla aunque no pudiera participar directamente. Pero la
batalla había acabado con ese simple disparo de cañón.
De repente vi de nuevo a Agustina, se me acercó y me dijo amablemente:
-¡Ven conmigo a celebrarlo!
Mucha gente se agolpó junto a nuestra puerta. Tenían ya
mujeres héroes, pero les faltaba un varón que también
lo hubiera sido, aunque sólo fuera por haber limpiado bien un cañón.
Ése fui yo. La dirección que Agustina le dio no hubiera
sido igual con un cañón sucio que puede desviar cualquier
proyectil.
Desgraciadamente no se había acabado la guerra, pero esa primera
guerra contra los franceses fue suficiente para mi satisfacción.
Clara Gastón y Ángela Olloqui
IV
LA RESISTENCIA
Mientras tanto, el general Palafox se había encaminado ya hacia
Zaragoza junto a su ejército no menos numeroso que el de los franceses..La
resistencia de la ciudad era dura y gracias al cañonazo de Agustina
los zaragozanos se habían llenado de fuerza e ímpetu y resistían
la penetración de los franceses por la brecha de la muralla. No
todos tenían armas de fuego, pero todos los que se lanzaron a la
guerra no lo hicieron con las manos vacías ni mucho menos; lo hicieron
con lo que más a mano tenían: los hombres con las palas
y rastrillos que utilizaban en el campo, los herreros con sus martillos,
las mujeres con las sartenes y cuchillos de cocina. Todo un ejército
de aragoneses empuñando las “armas” que tenían
a mano, y dispuestos a defender su ciudad a sabiendas de que muchos de
ellos se acercaban a una muerte segura y otros, unos pocos, tal vez a
una victoria inolvidable.
Javier, que se había quedado al margen de la batalla, oyó
gritos y disparos: ¡ A POR LOS FRANCESES! Entonces bajó corriendo
hacia el muro, pero recordó las palabras de su nueva amiga Agustina
‘no te acerques más a esta masacre, tienes mucha vida por
delante’ y decidió volver a casa corriendo para avisar a
su familia de lo que se avecinaba. Cogieron sus cosas y rápidamente
se marcharon. Mientras lo hacían Javier se dio cuenta de que se
olvidaba un recuerdo de su infancia: un libro que le había regalado
su abuelo. Decidió, entonces, subir a cogerlo. Mientras tanto los
franceses, para llegar a su objetivo, iban bombardeando casas intentando
alcanzar el centro de la ciudad. Su madre, impaciente y nerviosa, le grita:
-¡Javier, baja ya o acabaremos bajo los escombros!.
Javier fue a buscar a sus amigos, y con las armas como tijeras, cuchillos
y hoces que tenían en sus casas se disponían a ir a las
barricadas con valor y coraje suficiente para defender a sus familias
y sus tierras. Por el camino, Amado Sánchez, el mejor amigo de
Javier, se acerca a Silvestre Ramírez y le susurra al oído.
Silvestre, confuso, le responde:
-Puede ser, pero cualquier ayuda civil es necesaria.
Al llegar al muro, Javier y sus amigos se encuentran con muchos soldados
franceses disparando a unos pocos aragoneses cubriéndose con sacos
de tierra y tablas de madera. Javier dice:
-¡Santos, corre hacia ese muro, coge el fusil de ese hombre herido
y dispara a los gabachos.
Así lo hace. Mata a dos soldados franceses y gana tiempo para
que venga más resistencia civil y de esta manera se gana tiempo
mientras llega la artillería del general Palafox.
Enrique García
V
Javier había cambiado mucho desde su épico enfrentamiento
contra los gabachos. Exteriormente era el mismo de siempre , pero si te
fijabas un poco más, te dabas cuenta que el posible temor que antaño
tenía, se había disipado por completo. Ya no temía
a los gabachos. Además se había dado cuenta de que sus adversarios
luchaban por invadir una ciudad que nada tenía que ver con su patria
y que luchaban avivados por la codicia y el odio. Al contrario que los
valientes zaragozanos, que luchaban por la libertad y la independencia
de su amada patria.
VI
Javier estaba celebrando su victoria con unos amigos en un pequeño
bar, cuando de pronto se oyó una tremebunda explosión. Javier
que estaba mirando por la ventana, pudo ver cómo la casa de consistente
piedra que había al otro lado de la calle estallaba parcialmente
en pedazos. Pudo ver cómo las rocas se resquebrajaban en pedazos
y los fragmentos salían disparados en todas las direcciones. Tras
el espeso velo de rocas que se dirigía hacia la ventana, Javier
contempló el rostro de un niño llorando de pura desesperación
ante la potente explosión que había destrozado su hogar.
Nuestro joven protagonista se lanzó al suelo lo más rápidamente
que pudo, pero sus reflejos fueron insuficientes y una pequeña
esquirla le hizo un corte en su brazo derecho.
Tras estar unos minutos en el suelo intentando comprender lo sucedido
Javier se incorporó, no sin esfuerzo, y miró, haciendo una
mueca de dolor, su ensangrentado brazo. El corte era bastante profundo
y sangraba profusamente; comprendió en el acto que tendría
ese brazo incapacitado para el combate durante algunas semanas, lo que
le molestó más que el corte en sí. Seguidamente fue
a comprobar cual era el estado de sus compañeros, y comprobó
no sin alivio, que aunque estuvieran inconscientes, sus amigos no se encontraban
en un estado grave.
VII
…Habían pasado dos semanas desde aquel terrible incidente,
y Javier se encontraba con el brazo herido en un total reposo. Los franceses
habían dejado un pequeño margen de descanso a los zaragozanos,
pero se volvía a respirar aquel aire cargado de la característica
tensión que flota en el aire antes de una batalla.
Javier estaba muy preocupado y tenso a la vez, ya que sabía que
pronto habría una batalla y que dada su herida no podría
participar activamente en ella. El general Palafox había regresado
poco después de aquel incidente, y tan pronto como se había
enterado de lo que le había sucedido a Javier, había ido
a visitarle. El propio Palafox en persona le había informado a
Javier de la situación y le prohibió entrar en combate.
Tras mucho insistir Javier consiguió un puesto de centinela en
el cruce de la Calle del Coso y la Plaza del Mercado. A estos lugares
no habían llegado todavía los franceses, y en caso de que
llegasen había varios francotiradores apostados en algunos tejados,
además del grupo de vigilia.
El grupo de vigilia lo formaban un total de cinco personas. Todos eran
hombres a excepción de una mujer. Esta se llamaba Pilar, era de
aspecto robusto pero su cara lucía una expresión maternal.
Había también dos sevillanos. Uno se llamaba Miguel y el
otro Josemari; éstos dos decían ser hermanos y se habían
ofrecido voluntarios en el ejército de Palafox. Además también
había un oscense llamado Sergio, también voluntario de Palafox,
bajito y rechoncho pero se podía ver en sus ojos la fiereza de
un tigre. Y finalmente estaba nuestro protagonista, Javier.
Estaban resguardados del ventoso cierzo en un pequeño bar, abandonado
hacía tiempo, cuando escucharon un grito . No supieron de dónde
venía el grito ni cual era el motivo de que esa persona gritase,
tampoco sabían si ese grito era de un amigo o de un enemigo, así
que se prepararon para lo peor. Y no se equivocaban, puesto que unos segundos
más tarde apareció un reducido grupo de avanzadilla gabacho
que pronto fue abatido por los certeros disparos de este pequeño
pero letal grupo de guardia. Al finalizar el combate todos se preguntaron:
¿Qué es lo que ha pasado con los francotiradores? Más
tarde descubrirían que habían sido asesinados por la avanzadilla.
Pasaron sin el menor incidente las horas, escuchando los gritos de victoria
de sus compañeros del frente, resistiendo a la tentación
de ir a celebrarlo junto a ellos. Y es que los verdaderos héroes
son aquellos que resisten a la llamada de la victoria y se mantiene firmes
en su puesto.
Juan Santacruz
VIII
Había pasado casi un mes después de la última batalla.
Javier estaba paseando por la ciudad muerta, en la zona del Portillo.
Pensaba y reflexionaba sobre lo que había sucedido. Pensaba que
la guerra no era algo que tendrían que considerar normal, sino
una horrible tragedia en la que se luchaba por conseguir más tierras
y riquezas, es decir, poder. El dominio con mayor extensión de
fronteras parecía prevalecer sobre las vidas humanas. Pero los
gabachos, no era así como pensaban, y eso tenía que cambiar.
Los zaragozanos habían luchado por su libertad y por el orgullo
de defender a su patria. No estaban dispuestos a cederla en favor de otro
país que deseaba extender su imperialismo por encima de ellos.
No entendían demasiado sobre fronteras, pero sí sobre la
tierra que habían conocido y disfrutado durante muchísimas
generaciones. Ésa donde sus antepasados habían nacido y
trabajado. Donde habían mantenido una paz que ahora se estaba resquebrajando.
Mientras reflexionaba sobre esto, Javier, sin darse cuenta, ya había
recorrido el paseo María Agustín y se dirigía hacia
su casa.
Pasaba por casas que sin duda habían sido bombardeadas por franceses,
por personas bajo escombros, la mayor parte fallecidas y otras quizás
todavía con alguna posibilidad de vida, sin saber siquiera si habían
sido enemigos o zaragozanos. Esto le hacía pensar cada vez más
que los franceses sólo luchaban por odio y codicia. La codicia
por ampliar sus dominios, que es precisamente la que mayores odios crea
en las personas y las hace más violentas.
Las gentes que se cruzaban con él parecían despavoridas,
llorosas y con el rostro desencajado. Algunas se agolpaban sobre los escombros
como queriendo encontrar, con vida o ya sin ella, a familiares desaparecidos.
Los gritos eran aterradores. Cada lamento que oía Javier se repetía
en su mente más de diez veces, hasta que se confundía con
el siguiente. Y así a lo largo de toda la calle.
Por fin llegó a un lugar mucho más silencioso. Era el río
Huerva. Decidió descalzarse y meter en él los pies. Ni siquiera
notaba el frío, sino una paz que le hacía olvidar, al menos
de momento, todo lo que había presenciado.
Dijo para sus adentros, mientras respiraba profundamente llenando a tope
sus pulmones:” este río parece no alterarse con todo el horror
que acabo de presenciar. Espero que no llegue a mancharse de sangre humana
y que mantenga su ilusión por la paz. Que incluso llegue a contagiarla
a las personas. Que contagie de razón a los que se llaman racionales.”
Clara Gastón-Ángela Olloqui
IX
Desenlace
Javier fue a avisar a sus padres de lo que había presenciado en
aquella calle derruida. Cuando se acercó al escondite que mantenían
en secreto, pudo presenciar los cadáveres de sus padres tendidos
sobre el suelo.
Javier estalló en lágrimas. No se podía creer lo
que estaba viendo. “¿Qué haré ahora?”,
- pensó.
Y en un grito de cólera, maldijo a los gabachos. Seguidamente,
decidió luchar en la guerra para vengar la muerte de sus padres.
Se dirigió a La Alfranca para informar a Palafox de la terrible
tragedia de sus padres y anunciarle su entrada en la resistencia zaragozana.
Palafox no podía evitar lo que Javier ya había decidido
hacer y le entregó lo necesario para que pudiera combatir.
La guerra continuaba, Javier luchaba lo mejor que podía. No tenía
intención de perdonar la vida a los gabachos, ya que ellos no habían
perdonado la de sus padres. Javier hundía el estoque en los cuerpos
yacentes de los gabachos tendidos en el suelo. Una ira ciega le impulsaba
a hacer cosas tales. Habían muchos cuerpos de zaragozanos, aunque
más de los gabachos. Éstos tenían cotidianas armas
clavadas sobre sus cuerpos: tijeras, cuchillos…etc.
De pronto, los franceses comenzaban a retirarse de aquella cruda batalla
situada en una de las calles convertida ahora en una ruina debido a los
cañonazos dirigidos por los franceses. Javier evitaba pisar los
cuerpos tumbados en el suelo. A lo lejos, pudo ver a Roberto, muerto.
Las lágrimas caían por su mejilla. Se acercó a su
querido amigo y rezó por él. No sospechaba que ese sería
el último momento de su vida, que la había arriesgado y
entregado toda por su tierra, por sus amigos, por sus seres queridos.
Segundos más tarde, un francés le clavó la espada
en la espalda. Javier sintió un extraño y horrible dolor
y murió al instante.
La victoria llegaría meses más tarde tras mucho dolor, muerte
y destrucción. Los gabachos que quedaban se marcharon derrotados
tras la cruenta batalla. Todo, había acabado.
Belén Azanza/ Ana Vidal
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