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21 de diciembre de
2009 |
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Era un país único,
donde nadie trabajaba, no existía el dinero, pero todos eran ricos.
Era un país donde la gente siempre estaba feliz, menos una. Se
llamaba Paloma, era una niña de unos diez años, no tenía
amigos ni amigas, nunca se le vio con una sonrisa. Sus padres estaban
tristes; decía su madre: ¡pobre niña!. Su abuelo murió
cuando ella tenía ocho años. Paloma le quería mucho.
Todos creían que no sonreía porque se acordaba del abuelo
Joaquín, pero se equivocaban. La niña de pequeña
perdió su sonrisa. Todo ocurrió así. Una noche, una abuela, con un gato tuerto
y unas cuantas verrugas en la cara, la cogió de su casa y, antes
de que amaneciera, le puso unos polvos mágicos y le quitó
la sonrisa. Cuando sus padres despertaron y vieron que no tenía
su sonrisa, intentaron alegrarla, pero la niña siguió igual.
Su madre se puso muy triste y su padre le dijo: "no te preocupes,
se le pasará". Pasaba el tiempo y seguía sin sonreír. Cuando cumplió
diez años se encontró otra vez con la abuela y con su gato
y vio que tenía su sonrisa. Entonces decidió ir a cogerla,
la abuela le vio y se fue corriendo, la niña le siguió a
su casa y pensó: "iré mañana después
del colegio". Al día siguiente, al terminar las clases, fue
al lugar y, como la abuela estaba dormida, pensó "le quitaré
mi sonrisa y los polvos mágicos para que no haga más daño
a nadie". Y así lo hizo. Cuando se los estaba quitando, la
abuela se despertó y vio que no tenía el tarro de los polvos
mágicos, ni la sonrisa. Entonces gritó enfadada: ¡no!.
La niña volvió a casa sonriendo y su madre dijo: "ya
ha recuperado su sonrisa". Después, la niña se fue
al vertedero y tiró el tarro para que no hiciera más daño
a nadie. |
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