––¡Espera, espera! –– exclamó la
bellota al cerdo. Ella no iba a dejar que un animal tan tonto la consumiera
de esa forma ––¡No me comas!
––¿Y por qué no iba a hacerlo? Tú estás
aquí y yo tengo mucha hambre ––dijo el cerdo.
––Pues porque yo te doy la oportunidad de ser el mejor cerdo
del mundo ––respondió ella.
––¿ Cómo vas a conseguir eso, si puede saberse?
La bellota recordó el discurso que tan bien le había funcionado
con los otros cerdos y lo recitó en voz alta:
––Escucha, el otro día oí a dos humanos. Uno
de ellos le decía al otro, que acababa de cometer una estupidez,
´´eres un animal de bellota``. Así que si no me comes
no serás el cerdo del que hablaban los humanos.
––Eso a mí no me incumbe, puesto que yo no como bellotas.
Serán de las ardillas de las que hablaban aquellas personas.
––¿ Cómo? Pero, ¿es que no me ves? ¡Soy
una bellota! ––estalló al fin el fruto seco ––Jamás
había hablado con alguien tan estúpido.
––Me parece que tú eres la estúpida aquí,
amiga mía, puesto que soy un cerdo ciego y no soy capaz de verte.
Gracias a ti puedo saber que lo que me meto en la boca es algo bueno.
Y de un bocado el cerdo devoró a su comida ¡ Nunca falla!
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