22 de enero de 2010
Corpus X

Jaime Gutiérrez (2º Bach)

 

 

En este mundo del culto al cuerpo en el que vivíamos (antes de desencadenarse aquel fenómeno), ya no recuerdo la fuerza de voluntad de la que teníamos que hacer uso para conseguir un cuerpo 10 que, cada vez más, la sociedad nos exigía con más esfuerzo. Para los que nacieron después del 2012 y no vieron lo que pasó ni en las noticias, os contaré lo que ocurrió en L.A. a partir de entonces.

Sobre las 7 de mañana, cuando todo el mundo se calzaba las zapatillas para ir a correr o al gimnasio antes del trabajo y quemar las primeras calorías ingeridas, el cielo se transformó en ira y llovieron unas burbujas de gas, de muchos colores; eran preciosas y todas explotaban antes de llegar al suelo. Los más ágiles quisieron tocarlas, pero nada ni nadie consiguió alcanzar ni un átomo de toda aquella sustancia policromada que regó la ciudad. Todo el mundo comentaba lo ocurrido y la noticia de aquel fenómeno asombró al mundo entero.

Antes de darnos cuenta, el caos se apoderaría de todo. Varias personas salieron en televisión comentando fenómenos corporales extraños,…gentes gruesas que al ver personas atléticas se habían transformado al tener un deseo de cambio físico, y personas atléticas que habían engordado en tan sólo unos segundos. Al investigar los acontecimientos se empezó a caer en la cuenta de que, casualmente, los que engordaban y adelgazaban habían coincidido en un espacio menor de diez metros cuando aquello les había transformado.

Pronto, la sociedad de L.A. se daría cuenta de que toda la población que había estado en el exterior aquel día de la extraña lluvia, tenía el control de su peso y podían transferir sus kilos a otras personas en cuestión de segundos y a quien quisieran. Podían repetir la acción cada 4 horas, haciendo un traspaso de peso máximo de 10 kl, sin dominar la técnica, y de 15 con dominio de ella. Mientras duró la tragedia, nadie se atrevía a salir a la calle, porque sus ropas podían reventar antes de caminar 3 metros. No quedaban dólares suficientes para pagar a todas aquellas personas que inhalaron los gases del fatídico día. El desastre aumentaba cada vez más, ya que conforme dominaban el gas respirado, lo sabían transferir a sus amigos y familiares con sesiones de sofronización hipnótica.

Las autoridades pusieron la ciudad en cuarentena y los enfermos de anorexia y bulimia se querían pasear por las calles por si quedaba algo de gas en el ambiente y poder inhalarlo. Todos los fanáticos del culto al cuerpo querían visitar la ciudad, protegidos por unos trajes carísimos que estancaban sus cuerpos para que así nadie les pasara ni un gramo.

Un caos. Los empresarios del plomo estaban saturados, la petición de trajes antigás era imparable…. Se forraban, les pagaban lo que pidieran. La gente moría por las calles y los gordos desaparecían como por arte de magia y con ellos la simpatía, la naturalidad, la relajación,…. Ya nadie disfrutaba del sol, nadie confiaba en nadie y todo el mundo deseaba el cuerpo 10. Los cirujanos plásticos sólo hacían caras y se enriquecían quitando pieles sobrantes que vendían para implantes a precios impagables. No había esperanza. Tapiaron la ciudad y científicos de prestigio internacional investigaron las causas del fenómeno intentando encontrar una solución que regresase al mundo a la normalidad.

Con el paso del tiempo, sin embargo, fue reduciéndose la gente que deseaba un cuerpo 10. Todo el mundo lo asociaba a la delgadez con un contagio de algo peor, ya que, poco a poco, la piel se tornaba añil y los músculos resultaban enfermizos y poco atractivos. Si aquel hombre, aquel día 4 de Abril de 2.015, no hubiese dado con la solución, gracias a su generosidad, L.A. no existiría en estos momentos.

Michael J. Goodbel, salvó la ciudad antes de su muerte. Desde entonces, en California se celebra el día de su fallecimiento con flores y bailes, como él deseaba. Le levantaron una estatua que está siempre con flores y dieron su nombre a una calle y construyeron un hospital para los afectados, que lleva su nombre. Su método fue simple: dejó que cualquier persona le donara sus kilos a placer, sometiéndose después a insufribles dietas y entrenamientos agotadores que completaba con operaciones; permanecía siempre sondado, para ser engordado nuevamente por otros. Pronto tuvo seguidores que donaban sus cuerpos en estados terminales para intentar acabar con el fenómeno. Al fin, la gente se contagiaba del bien. Los llamaban “los mártires del gas”.

En poco menos de dos años parecía no quedar nadie con ganas de transferir kilos, en parte gracias a la nueva ley que castigaba con cárcel cualquier transferencia. El gas transmisor del peso, con el desuso, comenzó a perder su poder paulatinamente y llegó un momento en que ya se hizo imposible cualquier cesión corporal. Ahora la gente redonda, (que no obesa), se está poniendo de moda en todo el mundo, como signo de buena salud. Ya imaginaréis que en L.A. hace años que dejó de usarse la 34 y es de mal gusto que se noten los huesos debajo de la piel. Las modelos ya tienen sus caras sonrosadas, la gente toma el sol libremente, y tiraron las tapias de la meca del cine, en un maravilloso acto solidario con todas aquellas personas con desórdenes alimentarios. Hasta han empezado a hacer películas de lo sucedido, que cuentan las historias de aquel insólito suceso.

Así que….después de todo…. ya sabéis….antes de salir al trabajo, mirad por vuestra ventana y deteneos a contemplar el color del cielo.

 

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