Dentro de la sala de
espera en blanco y negro hay hombres trajeados en rayas azul marino que
me miran y siguen bebiendo vino mientras yo amenazo al espejo con los
puños. También repaso mi pintalabios y pienso que con este
peinado me parezco mucho a Ingrid Bergman.
Play it again, Sam, digo con convicción, pero Sam contesta que
ya no es pianista, sino el jefe de una mafia extraña dedicada a
modificar genéticamente a chicas por encargo, o eso entiendo yo.
Resulta que esas chicas transgénicas luego son recogidas por anónimos
señores ricos que todo se lo hacen a la medida. Aunque todavía
no sé por qué estoy aquí.
Más allá de mí puedo ver a otra chica, un tanto atigrada,
con sus envidiables piernas de marfil. Precisamente es ese conjunto de
muslos y pantorrillas el que le luce más que cualquier otra parte
de su cuerpo furtivo, me fijo, a pesar de que, en realidad, todo en ella
se exhibe marfileño y brillante. Y por eso, cuanto más la
examino, más ganas me dan de suicidarla.
Pero ignoro mis nervios homicidas para continuar observándola,
pues una vez tras otra agita salvajemente su melena negra y anaranjada,
al tiempo que la ahueca, ondeando los pálidos brazos cargados de
tintineante coral en brazaletes. Cada movimiento suyo se acompaña
del brillo opaco que desprenden un par de piedras semipreciosas cualesquiera,
alojadas en el lugar donde deberían hallarse dos ojos humanos corrientes.
En cierta forma, la mirada que aquéllos me han devuelto cuando
inquiría muy dentro de sus pupilas parecía decir "es
un desperdicio que en algún lugar del mundo se estén disparando
balas que no van a dar a nadie". Si bien ahora se la ha llevado,
toda agarrada de la cintura, un señor con pintas de cazador colonialista,
lo cual me alivia un poco. Sin embargo, empiezan a llegarme reminiscencias
de la conversación que mantienen a lo lejos:
- ¿Sabes que el hotel parisino en el que vivirás a partir
de hoy fue, durante la ocupación, un cuartel general de los nazis?
- ¿Y qué se supone que debo hacer ahora si me dicen que
mi habitación era la favorita de Goering?
- Creo que adivinas por quién apostaría yo si se entablara
una lucha entre el fantasma de Goering y tú…
La fierecilla y su dueño me dan mucho terror después de
oírles, sobre todo ahora que se han hecho eco de mi presencia y
me tantean a la distancia, como una especie de posible presa. Entretanto,
alguien con aire de Clark Gable me medio desnuda con la mirada desde la
otra punta de la habitación. Y entonces recuerdo que hoy quería
recontarle el cuento de las tres hermanas, y eso que no le conozco…
Aún.
Así comprendo repentinamente que mi voluntad se ha convertido en
involuntaria, igual que si manejaran los afanes míos de siempre
con algo equivalente a un cabestrillo de hilos titiriteros. Sin embargo,
sé muy a priori que él y yo somos análogos. Hasta
reconozco en mi alma gemela a otro psicópata en potencia. En fin,
de eso se trata, de tener un sueño en común.
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