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09 de febrero de 2010 |
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Casi nada es lo que
parece.¿Carnaval permanente? Si al menos usáramos disfraces
elegantes…Por favor, que manden de Venecia, cuanto antes, unos cargamentos
de máscaras y que no pare la música. Al menos así
se hará menos amarga la náusea que produce convivir con
tanta mentira, rodeado de tanto engaño, soportando tanta falsedad… Nos mienten nuestros representantes políticos todos los días
y a todas horas, allí y aquí, a derecha y a izquierda, los
pequeños y los grandes, los poco y los mucho representados, los
inteligentes y los necios, los que tienen algo que decir y los que nunca
debieran hablar porque no dicen nada; nos mienten muchos de los llamados
agente sociales, quienes dicen hablar en nuestro nombre y sólo
parecen defender el asiento al que se ha quedado pegado el pantalón
tras años de ocupación; nos mienten ciertos empresarios
– Moliére, vuelve, por favor, y reescribe tu obra - cuyos
beneficios en estos tiempos que no corren es un insulto a tanto sudor
y lágrima como caen a diario de los rostros de los más débiles
incluidos pequeños empresarios que a duras penas se sostienen en
pie y no se les cae la cara de vergüenza acumulando, exhibiendo riqueza
o mirando para otro lado (el lado donde está depositada la usura)
; miente tanta gente con la que te encuentras a diario que te pueden dejar
tieso en el paso de un semáforo y encima echarte la bronca por
habérsete ocurrido suicidarte debajo de sus mugrientas ruedas de
su coche de m…; nos mienten nuestros chicos, un día sí
y otro también, cuando sorprendidos in fraganti haciendo una pequeña
fechoría levantan las manos como Bart Sipmson en aquel capítulo
antológico y te dicen: ‘¡yo no he sido!’. Parece que la mentira, como el jamón y el cerdo del que procede
son parte inseparable de nuestra identidad nacional, autonómica,
local,…Si uno presta atención, en los días de más
crudo invierno, hasta se ven emes en el ambiente cuando respiran ciertas
personas…¿Cómo es posible que el engaño, la
falsedad, el bulo, la mentira se hayan instalado como un furúnculo
en nuestras vidas de esta forma?¿Cómo voy a esperar que
mis alumnos sean veraces si viven rodeados de aire conta- minado? Cuando
lo hacen son unos valientes, un diente de león en la tundra de
‘ Ice Age’ que tendríamos que premiar con sobresaliente
en Ciudadanía para contrarrestar la ausencia de verdad de tantos
que promueven los valores cívicos en los ciudadanos pero se guardan
muy bien de cumplirlos. No deben formar parte del vulgo para estos y otros
menesteres como apretarse el cinturón (por favor, qué cosa
tan desagradable, con lo que les ha costado educar al fino paladar y al
coche oficial que lo pasea…) Mentir cuesta poco y suele quedar tan impune que invita a quien miente
a repetir, como las natillas. Y ya sabemos que con la práctica
frecuente y generalizada todo se desmitifica, pierde valor y se convierte
en elemento común, que nos acompaña permanentemente como
el mal aliento, los michelines o el móvil. Y así, ¿quién
es capaz de desprenderse de este hábito? Haría falta una
campaña, pero una de verdad, a todos los niveles, - empezando por
aquellas personas en quienes hemos depositado temporalmente nuestros bienes,
vida y milagros – de tolerancia cero, con ¿premios? y sanciones
ejemplares incluidos,( incluso antes de su elección debieran pasar
un examen de aptitud para actuar con verdad y equidad que eliminase de
entrada a los mentirosos patológicos), de tal forma que, poco a
poco, las costras de falsedad incrustadas en nuestra convivencia diaria
fueran diluyéndose lenta pero visiblemente y nos devolviera una
imagen más honrada y veraz de nosotros mismos… Ya sé
que es una utopía, que El Lazarillo es de la familia, una capa
de la cebolla de nuestra idiosincrasia, que la picaresca es tan deporte
nacional como el fútbol, que… pero también somos capaces
de cosas grandes cuando nos ponemos a ello y ¡quién sabe!
tal vez, en alguno momento, se alineen los astros adecuados, alumbran
nuestra neurona 23, fruncimos el ceño y dejamos de ser un país
de mentira. |
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