El estuche por la noche, después de las clases, salía de
la mochila, donde estaba recogido, y empezaba a volar por la ciudad donde
vivía su dueño. Un día volaba por el parque, otro
por la Gran Avenida... ¡Era el avión de los lápices
y bolígrafos!
Un día iba por encima de una vieja fábrica abandonada, cuando
una anciana, con una verruga en la barbilla, lo cogió en el aire.
Y le dijo: "Eres mío". Él se resistió,
pero no lo logró del todo. Cuando parecía que se iba a escapar,
la anciana cogió un lápiz del estuche y le gritó:
"Si quieres que a tu amiguito no le pase nada, ven mañana
con el diamante del escaparate de la joyería de la Gran Avenida".
Él, asustado, se fue rápido hacia la mochila; ya iban a
dar las siete de la mañana. Estuvo todo el día pensando
qué iba a hacer aquella noche. Él sabía que robar
estaba mal, pero tenía que salvar a su amigo el lápiz. Mientras
decidía qué hacer, se encaminó a la joyería
para ver cómo era de grande el diamante. Vio que era como una goma
sin estrenar. Se quedó sin aliento ante el gran tamaño y
la seguridad que lo protegía.
En ese instante una señora entraba en la joyería. Observó
que tenía su bolso abierto. No había tiempo que perder.
Se metió en él. Después, ya dentro, se fijó
que era imposible coger el diamante; le grabarían y se descubriría
su secreto. Entristecido, pensó, “no lo podré coger
y no volveré a ver a mi amigo el lápiz”.
Decidió salir de la tienda y se fue al parque. Se subió
a lo alto de un árbol. Tras pensar mucho rato, se dio cuenta de
que no había solución y decidió volver a la mochila.
De camino a la mochila, vislumbró una pequeña tiendecita,
en una esquina, con un gran letrero que decía: "Tenemos réplicas
de diamantes, esmeraldas y toda clase de piedras preciosas".
Ya tenía la solución a su problema: cogería una réplica
de diamante, del tamaño del de la joyería, y se lo daría
en su lugar a la anciana. Entró sin hacer ruido, y vio que había
un mueble en una pared, con cajitas que estaban llenas de distintos tamaños
de diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes... En una de ellas brillaba
un diamante muy similar al de la joyería. Pero un nuevo problema
se planteaba: él no podía abrir la caja porque tenía
alas, no manos. Necesitaba ayuda. Se acordó de su amiga la tijera,
que sí tenía manos y descansaba en el fondo del estuche.
La despertó, y le preguntó si podía abrir la caja.
Ella contestó que sí, pero le preguntó "¿quién
cogerá el diamante?". Él le dijo: "Yo sujetaré
la tapa y tu intentarás coger el diamante". Ella aceptó.
La anciana cruzaba la calle justo en el instante en que la tijera consiguió
abrir la caja. El estuche sostuvo la tapa, mientras su amiga cogió
el diamante y lo introdujo en su interior; todo sucedió muy rápido.
En cuestión de segundos salieron de la tienda.
En ese instante vieron a la anciana y decidieron seguirla. Entonces, se
dieron cuenta de que llevaba al lápiz en la mano. Tras media hora
andando por callejuelas se metió en un edificio de dos pisos. Observaron
que una ventana estaba abierta y decidieron entrar por ella, para que
la anciana no pudiera verlos. En el rellano del primer piso vieron cómo
se cerraba la puerta del primero izquierda.
Tenían un nuevo obstáculo: como entrar sin que les vieran.
El boli se acordó de que una ventana del primer piso estaba abierta.
Volvieron a salir a la calle y se metieron por la ventana. Daba a una
habitación con una chimenea y una butaca, donde la anciana estaba
sentada. Y decía: "Esta noche seré rica; ya no tendré
que vivir aquí, viviré en un gran palacio y tú, lápiz
cochambroso, en cuanto tu amigo me dé el diamante, te partiré
por la mitad". El estuche la escuchó, aterrorizado y decidió
que lo mejor era tenderle una trampa y atraparla.
De repente la anciana se giró, vio al estuche y le dijo: "Te
esperaba". Él, asustado, le contestó: "quiero
ver al lápiz". Ella se lo enseñó. Entonces el
estuche le mostró el diamante. La anciana dijo : "Dame el
diamante y te daré el lápiz".
Al boli se le ocurrió que podría pincharle en la verruga,
así ella tiraría el lápiz al suelo y se pondría
las manos sobre la verruga. Y así lo hicieron. El boli le pinchó,
y ella soltó el lápiz. Empezó a gritar de dolor y
se puso las manos sobre la verruga. El estuche aprovechó y bajó
al suelo para que el lápiz se metiera, y éste así
lo hizo. El boli también saltó a su interior.
Entonces la tijera le dijo a la anciana: "Toma tu diamante, que vale
lo mismo que tú". Ella lo cogió. Cuando lo tocó
se dio cuenta de que habían sido más listos y empezó
a maldecir. El estuche y sus amigos habían ganado. El lápiz
volvía con sus amigos, la tijera, el boli, el estuche...
Pronto el nuevo curso volverá a empezar.
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