En las calles de la
ciudad maldita
jugaban inocentes los próximos acabados
iban a pasar de la tranquilidad absoluta
a una negrura perpetua.
A la puesta de sol todos los corderos acudían a su hogar
sin saber que al otro día sólo les quedaría recordar.
Recordar sus escuelas y familias
que bajo los escombros sin aliento yacerían,
y que de la mano de la muerte este mundo dejarían.
Pero un rayo de sol brilla entre tanta negrura,
samaritanos de todo el mundo
vienen a prestar su ayuda,
lo que necesitan los pobres diablos
que han quedado atrapados.
No, no entre los escombros que asolaros el país,
sino en la desolación de haber perdido su raíz,
y que oyen en su cabeza que dicen
que no volverán a amar
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