25 de enero de 2012
El último "dragón de papel"

Daniel Boldova 2º ESO

 



 

Una luz iluminó el cielo y una bomba cayó al suelo. Yo, un hombre de exótica apariencia y coraje, soviético, intenté escapar de aquel infierno…
Todo el mundo se ha preguntado qué pasa cuando morimos, tanto ateos como creyentes. Yo, sin embargo, he vivido en el cielo y en el infierno. "Flyodor" es mi nombre, y será recordado en los años venideros.
Cuatro años antes, me hallaba en la casa de un importante mando nazi, a principios de 1945. Era su “esclavo”. Trabajaba de recolector en unos campos en el centro de Europa. Hace un año me alisté en el ejército rojo como voluntario, y por mis estudios y mi familia me dieron el grado de teniente en el sector de mi tío-abuelo "Pyort", que era comandante general. Vivía con mi amada "Natasha", con la que iba a tener un hijo.
Pero volviendo a 1945 recuerdo que era un lluvioso día de primavera, en el que nuestro jefe "Adler" nos hizo trabajar desde muy temprano. Mi compañero de trabajo, "Ronald", otro prisionero de guerra, me decía continuamente que pronto vendría la ayuda. Él era americano, pero ambos sabíamos alemán. Su historia era trágica: su hermano le había delatado sin querer y eso le condenó. A las 11:20 de la mañana, un hombre oyó bombas e, inmediatamente, Adler nos obligó a defender sus tierras. Unos tanques aparecieron por las montañas. Los reconocí perfectamente, eran los famosos T-34. En ese momento me quité la camisa y quedó al descubierto la raya en mi costado. Era mi marca de nacimiento, con la que me reconocerían. De inmediato el polvo llenó el ambiente y huimos todos. Me reuní con mis leales amigos tras la granja. Una vez allí, Ronald, una mujer griega, "Amaya", Igor, un voluntario mexicano llamado Juárez y yo , formamos una hermandad. Bajo aquel ambiente de bombas y muerte nos juramos lealtad. Creamos la sociedad "Dragón de papel", y acordamos que los tesoros, a la muerte de cada uno de nosotros quedarían guardados en ese suelo, - donde había una ruta secreta a un antiguo santuario celta-, dentro de una caja fuerte de la que solamente nosotros teníamos las 5 llaves necesarias, hasta que el último superviviente lo desenterrara con las 5 llaves puestas a la vez. La riqueza procedía de aquella casa en la que encontramos los planes de las minas secretas nazis.
Una bomba cayó en la granja y corrimos a refugiarnos. Los soviéticos acabaron con aquel lugar, y a Igor y a mí nos reconocieron y nos mandaron con mi tío. En cuanto al resto, esto es lo que sé de ellos: a Amaya los nazis no la dejaron escapar, fue llevada a Berlín y desconozco su paradero, pero su caja fuerte estaba abierta, sin nada dentro. A Juárez le asesinaron, y su familia enterró el tesoro que él encontró, como última voluntad de Juárez, quien les dio la contraseña. Igor también encontró parte del tesoro, pero la codicia le pudo y un día intentó matarme, cuando estábamos en un barco. Le esquivé, cayó a los tiburones y se lo comieron. Enterré su tesoro. Ronald se fue a Nueva York, dejando la guerra a un lado, se hizo con una empresa sanitaria y se hizo rico. En cuanto a mí, el día que
tomamos Praga y tras volver a poner bien mis papeles tras mi captura, volví con mi esposa que trabajaba en la embajada estadounidense. Allí, en Moscú, nos reencontramos. En ese momento ella me dio una noticia que no me esperaba: me contó que estaba embarazada cuando yo me fui. Nuestro hijo, al que llamó "Augusto", apareció junto al hijo de los embajadores jugando. Fue la embajadora quien los trajo de la mano mientras sonreían alegres. Mi hijo me miró y yo lo abracé. Vivimos entonces como familia los mejores momentos; yo me formé como ingeniero y mi esposa continuó en la embajada. Cuatro años después Stalin mandó arrestar a todas aquellas personas que habían visto occidente y podían sublevarse contra él. Me deportaron a una isla dejada de la mano de Dios en el estrecho de Bering o sus alrededores. Aquel lugar era un "GULAG", una especie de campo de concentración, nos explotaban todo el día, trabajamos para y únicamente para el gobierno y la industria pesada.
Allí pasé un largo tiempo, o al menos eso me pareció, ya que no tenía comunicación con el exterior. La cúpula estelar era mi mejor amiga tras la fría noche y la imaginación lo único que mantenía viva la esperanza de que algún día regresara a mi hogar. Día tras día hacía lo mismo, no podía hablar con nadie, porque si lo hacía me someterían a torturas. Me sentía traicionado, todo aquello que pensaba sobre mi patria se desmoronó en cuestión de minutos.
Un alto mando vino a visitarnos un día nublado, como todos los demás. Todos los guardias centraron su atención en vigilarle, y no dejaban de prestar atención a la radio, por la que se retransmitían todo lo que hacía este hombre. Yo, harto de esperar, en un despiste del guardia de mi sector, escapé corriendo desesperadamente sin alimento ni abrigo. Pasados 20 kilómetros más o menos encontré a Nicolás, según él, barrendero, que había hecho lo mismo que yo, huir desesperadamente de allí. Seguimos caminando hasta llegar a la costa. Allí percibí un mar helado por el frío, y oí unos caballos. Nos escondimos bajo la nieve. Unos soldados soviéticos a caballo recorrían la zona; algo de esos caballos, sin embargo, se me hacía familiar, mas no sabía lo que era. Los caballos avanzaron hacia Nicolás y yo pensé que ese iba a ser mi último momento. Por mi cabeza se cruzaron los recuerdos de mi familia, Dios, y la belleza del mundo. Pero tras los primeros caballos, que casi nos delatan al pisarnos, un hombre con uniforme ,probablemente, de sargento chino comunista y de baja estatura bajó de su caballo. Recordé quien era, un prisionero al servicio de los nazis, por eso me resultaban familiares aquellos caballos, eran los paseos que hacía cuando nos vigilaban. Aquel hombre me buscaba por algo pero no lograba entender por qué, hasta que se lo explicó a un cabo que rondaba por allí buscándome. Éste me llamó ""Dragón de papel"" y dijo que había hablado del asusto con Stalin, con el que compartiría la recompensa, y que movieron cielo y tierra para hallarme. Le dije a Nicolás de huir y eso hicimos. Sus perros nos olieron y los caballos siguieron corriendo, pero Nicolás halló una especie de túnel subterráneo entre los nevados arbustos. No parecía hecho por una persona, más bien por un oso, pero allí nos refugiamos. Tras la vuelta de los jinetes soviéticos, salimos de allí. De repente una luz iluminó el cielo y una bomba cayó sobre la tierra. En ese momento pensé que mis posibilidades de sobrevivir serían nulas, mas pude ver la insignia norteamericana estampada en aquellos aviones. Nicolás y yo nos alejábamos del sonido de las bombas. Oí unos coches que se acercaban. Nicolás se desplomó
como si le hubiera caído una bomba. Era la falta de nutrición, que empezaba a pasarnos factura. En seguida tres coches al mando de los soviéticos con aquel chino a la cabeza nos rodearon, y nos cogieron prisioneros. A uno de ellos le escuché por radio que en el centro del GULAG la batalla estaba encarnizada y que volvieran a ayudarles. En ese momento el chino me dio un puñetazo en la cabeza, y cuando desperté estaba en una especie de sala subterránea atado de pies y manos. El hombre que me había golpeado me contó por qué me retenía.

Ese hombre trabajaba para sí mismo y antes lo hacía para los nazis. Oyó lo de la hermandad "Dragón de papel", y nos fue eliminando uno por uno hasta que quedamos Ronald y yo. A Amaya la mató y le robó la llave, asesinó al señor Juárez y obligó a Igor a matarme, porque si no haría daño a su familia. Ese hombre supo todo lo que nos había pasado desde que salimos de allí hasta ahora, pero Ronald le descubrió y ordenó al gobierno estadounidense el ataque. Este hombre sabía lo de las cinco llaves que abrirían el santuario común de la riqueza nazi, de aquellas minas secretas. Me obligó a decirle dónde estaba mi llave, que estaba enterrada bajo la capilla donde se bautizó mi hijo. Acto seguido, cogió un tablón de madera y nos molió a palos a Nicolás y a mí. A punto de de matarme un soldado soviético entró rodando por las escaleras, habían descubierto su posición. Aquel asiático huyó, los estadounidenses nos liberaron a mí y a Nicolás. Ronald apareció triunfante con un abrigo y una escopeta. Le conté lo que había pasado, aunque él ya lo sabía. Armados con nuevos AK-47, y veinte comandos americanos Nicolás, Ronald y yo fuimos a la captura del aquel hombre. Le rodeamos entre los dos extremos de un largo túnel. Se quitó su chaqueta invernal y vimos suficientes explosivos como para acabar con toda la isla. La decisión entre la venganza o la vida me hizo pensar mucho; le maté de un disparo.
Salimos de allí los tres, mas Nicolás y yo vivimos bajo la "Era Stalin" ocultos durante seis años. "Nikita Kruschev" llegó al poder y nos liberó a la mayoría de los oprimidos en los GULAG. Al fin pude mirar de frente la libertad y empezar a disfrutarla. Ronald y yo desenterramos las últimas minas nazis, y dejamos en aquel santuario todo el oro y plata en memoria de nuestros hermanos caídos.

FIN

 

 

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