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Una luz iluminó el cielo y una bomba cayó al suelo. Yo,
un hombre de exótica apariencia y coraje, soviético, intenté
escapar de aquel infierno…
Todo el mundo se ha preguntado qué pasa cuando morimos, tanto ateos
como creyentes. Yo, sin embargo, he vivido en el cielo y en el infierno.
"Flyodor" es mi nombre, y será recordado en los años
venideros.
Cuatro años antes, me hallaba en la casa de un importante mando
nazi, a principios de 1945. Era su “esclavo”. Trabajaba de
recolector en unos campos en el centro de Europa. Hace un año me
alisté en el ejército rojo como voluntario, y por mis estudios
y mi familia me dieron el grado de teniente en el sector de mi tío-abuelo
"Pyort", que era comandante general. Vivía con mi amada
"Natasha", con la que iba a tener un hijo.
Pero volviendo a 1945 recuerdo que era un lluvioso día de primavera,
en el que nuestro jefe "Adler" nos hizo trabajar desde muy temprano.
Mi compañero de trabajo, "Ronald", otro prisionero de
guerra, me decía continuamente que pronto vendría la ayuda.
Él era americano, pero ambos sabíamos alemán. Su
historia era trágica: su hermano le había delatado sin querer
y eso le condenó. A las 11:20 de la mañana, un hombre oyó
bombas e, inmediatamente, Adler nos obligó a defender sus tierras.
Unos tanques aparecieron por las montañas. Los reconocí
perfectamente, eran los famosos T-34. En ese momento me quité la
camisa y quedó al descubierto la raya en mi costado. Era mi marca
de nacimiento, con la que me reconocerían. De inmediato el polvo
llenó el ambiente y huimos todos. Me reuní con mis leales
amigos tras la granja. Una vez allí, Ronald, una mujer griega,
"Amaya", Igor, un voluntario mexicano llamado Juárez
y yo , formamos una hermandad. Bajo aquel ambiente de bombas y muerte
nos juramos lealtad. Creamos la sociedad "Dragón de papel",
y acordamos que los tesoros, a la muerte de cada uno de nosotros quedarían
guardados en ese suelo, - donde había una ruta secreta a un antiguo
santuario celta-, dentro de una caja fuerte de la que solamente nosotros
teníamos las 5 llaves necesarias, hasta que el último superviviente
lo desenterrara con las 5 llaves puestas a la vez. La riqueza procedía
de aquella casa en la que encontramos los planes de las minas secretas
nazis.
Una bomba cayó en la granja y corrimos a refugiarnos. Los soviéticos
acabaron con aquel lugar, y a Igor y a mí nos reconocieron y nos
mandaron con mi tío. En cuanto al resto, esto es lo que sé
de ellos: a Amaya los nazis no la dejaron escapar, fue llevada a Berlín
y desconozco su paradero, pero su caja fuerte estaba abierta, sin nada
dentro. A Juárez le asesinaron, y su familia enterró el
tesoro que él encontró, como última voluntad de Juárez,
quien les dio la contraseña. Igor también encontró
parte del tesoro, pero la codicia le pudo y un día intentó
matarme, cuando estábamos en un barco. Le esquivé, cayó
a los tiburones y se lo comieron. Enterré su tesoro. Ronald se
fue a Nueva York, dejando la guerra a un lado, se hizo con una empresa
sanitaria y se hizo rico. En cuanto a mí, el día que
tomamos Praga y tras volver a poner bien mis papeles tras mi captura,
volví con mi esposa que trabajaba en la embajada estadounidense.
Allí, en Moscú, nos reencontramos. En ese momento ella me
dio una noticia que no me esperaba: me contó que estaba embarazada
cuando yo me fui. Nuestro hijo, al que llamó "Augusto",
apareció junto al hijo de los embajadores jugando. Fue la embajadora
quien los trajo de la mano mientras sonreían alegres. Mi hijo me
miró y yo lo abracé. Vivimos entonces como familia los mejores
momentos; yo me formé como ingeniero y mi esposa continuó
en la embajada. Cuatro años después Stalin mandó
arrestar a todas aquellas personas que habían visto occidente y
podían sublevarse contra él. Me deportaron a una isla dejada
de la mano de Dios en el estrecho de Bering o sus alrededores. Aquel lugar
era un "GULAG", una especie de campo de concentración,
nos explotaban todo el día, trabajamos para y únicamente
para el gobierno y la industria pesada.
Allí pasé un largo tiempo, o al menos eso me pareció,
ya que no tenía comunicación con el exterior. La cúpula
estelar era mi mejor amiga tras la fría noche y la imaginación
lo único que mantenía viva la esperanza de que algún
día regresara a mi hogar. Día tras día hacía
lo mismo, no podía hablar con nadie, porque si lo hacía
me someterían a torturas. Me sentía traicionado, todo aquello
que pensaba sobre mi patria se desmoronó en cuestión de
minutos.
Un alto mando vino a visitarnos un día nublado, como todos los
demás. Todos los guardias centraron su atención en vigilarle,
y no dejaban de prestar atención a la radio, por la que se retransmitían
todo lo que hacía este hombre. Yo, harto de esperar, en un despiste
del guardia de mi sector, escapé corriendo desesperadamente sin
alimento ni abrigo. Pasados 20 kilómetros más o menos encontré
a Nicolás, según él, barrendero, que había
hecho lo mismo que yo, huir desesperadamente de allí. Seguimos
caminando hasta llegar a la costa. Allí percibí un mar helado
por el frío, y oí unos caballos. Nos escondimos bajo la
nieve. Unos soldados soviéticos a caballo recorrían la zona;
algo de esos caballos, sin embargo, se me hacía familiar, mas no
sabía lo que era. Los caballos avanzaron hacia Nicolás y
yo pensé que ese iba a ser mi último momento. Por mi cabeza
se cruzaron los recuerdos de mi familia, Dios, y la belleza del mundo.
Pero tras los primeros caballos, que casi nos delatan al pisarnos, un
hombre con uniforme ,probablemente, de sargento chino comunista y de baja
estatura bajó de su caballo. Recordé quien era, un prisionero
al servicio de los nazis, por eso me resultaban familiares aquellos caballos,
eran los paseos que hacía cuando nos vigilaban. Aquel hombre me
buscaba por algo pero no lograba entender por qué, hasta que se
lo explicó a un cabo que rondaba por allí buscándome.
Éste me llamó ""Dragón de papel""
y dijo que había hablado del asusto con Stalin, con el que compartiría
la recompensa, y que movieron cielo y tierra para hallarme. Le dije a
Nicolás de huir y eso hicimos. Sus perros nos olieron y los caballos
siguieron corriendo, pero Nicolás halló una especie de túnel
subterráneo entre los nevados arbustos. No parecía hecho
por una persona, más bien por un oso, pero allí nos refugiamos.
Tras la vuelta de los jinetes soviéticos, salimos de allí.
De repente una luz iluminó el cielo y una bomba cayó sobre
la tierra. En ese momento pensé que mis posibilidades de sobrevivir
serían nulas, mas pude ver la insignia norteamericana estampada
en aquellos aviones. Nicolás y yo nos alejábamos del sonido
de las bombas. Oí unos coches que se acercaban. Nicolás
se desplomó
como si le hubiera caído una bomba. Era la falta de nutrición,
que empezaba a pasarnos factura. En seguida tres coches al mando de los
soviéticos con aquel chino a la cabeza nos rodearon, y nos cogieron
prisioneros. A uno de ellos le escuché por radio que en el centro
del GULAG la batalla estaba encarnizada y que volvieran a ayudarles. En
ese momento el chino me dio un puñetazo en la cabeza, y cuando
desperté estaba en una especie de sala subterránea atado
de pies y manos. El hombre que me había golpeado me contó
por qué me retenía.
Ese hombre trabajaba para sí mismo y antes lo hacía para
los nazis. Oyó lo de la hermandad "Dragón de papel",
y nos fue eliminando uno por uno hasta que quedamos Ronald y yo. A Amaya
la mató y le robó la llave, asesinó al señor
Juárez y obligó a Igor a matarme, porque si no haría
daño a su familia. Ese hombre supo todo lo que nos había
pasado desde que salimos de allí hasta ahora, pero Ronald le descubrió
y ordenó al gobierno estadounidense el ataque. Este hombre sabía
lo de las cinco llaves que abrirían el santuario común de
la riqueza nazi, de aquellas minas secretas. Me obligó a decirle
dónde estaba mi llave, que estaba enterrada bajo la capilla donde
se bautizó mi hijo. Acto seguido, cogió un tablón
de madera y nos molió a palos a Nicolás y a mí. A
punto de de matarme un soldado soviético entró rodando por
las escaleras, habían descubierto su posición. Aquel asiático
huyó, los estadounidenses nos liberaron a mí y a Nicolás.
Ronald apareció triunfante con un abrigo y una escopeta. Le conté
lo que había pasado, aunque él ya lo sabía. Armados
con nuevos AK-47, y veinte comandos americanos Nicolás, Ronald
y yo fuimos a la captura del aquel hombre. Le rodeamos entre los dos extremos
de un largo túnel. Se quitó su chaqueta invernal y vimos
suficientes explosivos como para acabar con toda la isla. La decisión
entre la venganza o la vida me hizo pensar mucho; le maté de un
disparo.
Salimos de allí los tres, mas Nicolás y yo vivimos bajo
la "Era Stalin" ocultos durante seis años. "Nikita
Kruschev" llegó al poder y nos liberó a la mayoría
de los oprimidos en los GULAG. Al fin pude mirar de frente la libertad
y empezar a disfrutarla. Ronald y yo desenterramos las últimas
minas nazis, y dejamos en aquel santuario todo el oro y plata en memoria
de nuestros hermanos caídos.
FIN
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